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Hoy es el partido de tu equipo. Te reúnes con tus amigos en el bar de toda la vida con varias cervezas apiladas en ristre. Vas a catar la espuma y ya te han colado cinco anuncios de casas de apuestas. Una moda pasajera, te autoconvences con desidia. Aunque vais de visitantes y la primera equipación de tu equipo es diferente a la rival, jugáis con la segunda. O con la tercera: unos estampados imposibles con el swoosh o las tres bandas de marras, espónsores hasta en las axilas y colores poco sanos para la retina.

Ahora hay un hashtag para cada partido, tan efímero como empiece el siguiente. En el timeline hay un debate guerracivilesco entre opinólogos influencers al que te entran ganas de unirte asestando blocks con tu dedo como mandoble. Lo del carrusel de ocho partidos a las cinco de la tarde —no digamos ya el partido en abierto—, el transistor en la mano, el paquete de pipas en la otra y el olor a cal a ras del césped corrieron la misma suerte que el Templo de Baalshamin.

Y de repente marca Timinho, el flamante fichaje de invierno procedente de un país exótico que, por la módica cantidad de sesenta millones de euros —ese Betis de Don Manué rompiendo el mercado por Denilson en 1998, qué tiempos…— ha pasado a ser de tu equipo desde pequeñito. ¿Su logro? Le marcó un gol en el descuento al Real Madrid en el Trofeo Carranza, al que le quieren cambiar el nombre. El chaval, al que clase no le falta, estuvo a punto de quebrar el euro y reducir eso de la inflación a un juego de niños; en realidad, aquí no disfruta de muchos minutos, pero deja un bonito surco en el banquillo ideal para que sus compañeros titulares no pasen frío al apoyar sus posaderas. 

No obstante, en este partido sí estuvo atinado de cara a portería. Marcó y, embriagado por el fulgor, corrió a celebrarlo al fondo norte, junto al foso. Allí un aficionado le obsequió con lo que parecía una bolsa de confeti con la que empapó a quienes le rodeaban. A aquella demostración de amor se le sumó una danza reguetonera finalizada con un abrazo en piña. Lo celebraban a tientas, no vaya a ser que el VAR anule el gol y se te quede cara de tonto. Unas filas más arriba, varios aficionados lo graban todo con sus Huawei de último modelo, sin flash, porque es de día. ¿Para qué ver un partido in situ cuando lo puedes ver grabado desde tu móvil? Aunque igual se lo llevan a Miami, Pekín o Tánger y tienes que levantarte en horario NBA para verlo.

Acaba el partido. Hemos ganado por el bigote de una gamba y la novia del jugador baja al terreno de juego acompañada por sus churumbeles . Ella, a inundar de selfies, sonrisas postizas y postureo hasta el banderín de córner. Él, con un brazo serigrafiado por una maqueta a escala real del Plan General de Ordenación Urbana —autovía de circunvalación incluida— se sabe el hacedor de tanta felicidad. Hasta que la cláusula de rescisión los separen. Lo suyo es propio de una historia de amor de las buenas, de esas con hilo en Twitter y todo: se conocieron por TikTok, los followers de ella y la foto de él en el reservado de la terraza de un tronista amigo suyo hicieron el resto. Toma nota, Netflix.

De la tertulia pospartido tampoco nos libramos. Lejos queda el Gol a gol, el Minuto y resultado o El Larguero de José Ramón de la Morena. Estos programas que nos acercaban el lado humano del fútbol y endulzaban la jornada con las historias que contribuyeron a alzarlo al Olimpo del deporte han quedado menoscabados por los Sálvame manufacturados de turno donde el folclore chabacano eclipsa al periodismo y el tema del día gira en torno al nuevo peinado de Fulanito o al zasca de Menganito a Zutanito en Twitter.

Lejos queda el burofax el 31 de agosto minutos antes de la medianoche que ponía a prueba los resortes de los marcapasos. Ahora los goles se cantan cuatro minutos después, hasta los recién ascendidos visten Nike y Adidas —camiseta de catálogo con el escudo pegado, sólo faltaba—, el físico ha sustituido a la técnica, la piel de los jugadores es cada vez más fina y el romanticismo de la nostalgia nos lleva a recordar con una sonrisa la hostia de Jesús Gil a Caneda. Nuestros ídolos de la infancia peinan canas o alguno incluso se ha apuntado a un reality show. El recuerdo lejano del ¡Gol en Las Gaunas! que te levantaba de un brinco del sofá, los chándales de táctel tres tallas más grande han dejado paso a un Mundial que veremos con mantita. Asumámoslo. Todo ello forma parte de un pasado no tan remoto que se fue para no volver. 

Llevas disimulándolo más tiempo del que te gustaría admitir, pero por alguna razón ya el fútbol no te atrapa tanto como antes. O igual nos hacemos mayores y el fútbol ha cambiado más rápido que nosotros. O yo qué sé, igual mola tanto o incluso más que antes y el que ha cambiado soy yo. Antes todo era nuevo, ya todo está inventado; recordamos en función de nuestras vivencias experimentadas y buena parte de ella transcurren en la infancia o adolescencia: nuestro primer Mundial, primera Eurocopa, el primer amor y otras tantas primeras cosas.