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El sevillano es un animal de costumbres. Lo es cuando se engalana para el Domingo de Ramos con esa chaquetita de espiga que sólo usa para las ocasiones especiales o cuando va a una caseta de la Feria a convidar o ser convidado. Estamos ahí, entre la autenticidad y el postín; nos sabemos receptores de envidia y admiración a partes iguales, y así se explica esa sonrisa traviesa que se nos dibuja al recordarlo. Y no pasa nada. Dos besitos de rigor al compadre y que rule esa cervecita o copa de manzanilla.

Si en Semana Santa de toda la vida se comen torrijas en la Campana, quién es uno para cambiar eso. Es algo que es así, como una verdad incontrovertible, y sólo basta eso. Para qué hacerse más preguntas, señoría. Para deconstruir la realidad, ya están otros. Por eso, cuando al sevillano le tocan «lo suyo», lo siente como una afrenta identitaria, un golpe ahí abajo o una lanzada que ni el más osado de los carteles cofrades podría representar. Hay tormentas que generan ríos de tinta y tertulias de bar. Bares de esos con cáscaras de avellanas ―aquí no decimos cacahuete― y la cuenta apuntada con tiza en la barra.

Como buen español, el sevillano es un ser de extremos. El «conmigo o contra mí», versión al sol y sentado en la terracita, que también es muy nuestro el ver los toros desde la barrera. Somos de la Macarena o de la Trianera, del Betis o del Sevilla, de la tradición o del progreso. Somos duales como una extensión de nuestro ser, y seguro que hay hasta quien discute esto. No lo llamen guerracivilismo, que eso es muy vulgar. Lo nuestro es enterismo, que dirían los Compadres. Y ahí estamos, los primeros a la hora de criticar, siempre de forma constructiva, eso sí, nuestra idiosincrasia, pero pobre de quien ose hacerlo desde el exterior. Pasó con la Expo del 92, con la Feria larga y ahora con cobrar el acceso a los turistas a la Plaza de España.

Nos creemos que tenemos la ciudad más bonita del mundo y puede que hasta tengamos razón. Pero como para dentro, en el escaparate de nuestro microcosmos; somos cicerones de Champions League para el madrileño o el santanderino o incluso para el estadounidense, mientras que nos da un ardite exportar nuestra marca al exterior y globalizar el sello de Sevilla. En fin, cuchillo de palo. Hemos llegado tarde a esto de la globalización y ahora como que nos da pereza. Ahí nos quedamos, en octavos y gracias.

Al sevillano también le gusta dejarse ver: un gesto cómplice al camarero para indicarle lo de siempre, sin decirlo, y que el guiri o la chica impresionable alucinen con nuestra inigualable capacidad en el noble arte de cultivar el lenguaje no verbal. Una mueca, como de aprensión, al partido en torno al cual se congrega el bar, y que no falte el «Tenemos menos peligro que el pescao blanco». Somos muy del «Ya te llamo yo si eso» y del «No te preocupes que cuento contigo», aunque sólo sea porque nos guste oírnos.

De trato expansivo y afable, el sevillano es persona de dispendios, viandas pantagruélicas y círculo íntimo. Que rulen los centollos y los jamones de cinco jotas, pero entre nosotros. En general, todo forastero es bienvenido y el sevillano no escatima en hospitalidad; sin embargo, la confianza es ya otra cosa. Un bien al alza, tal vez. Si han oído que «Aquí quien no tiene padrino no se bautiza», no van desencaminados. Quizás haya razones sociológicas e incluso antropológicas que sustenten esta máxima, o quizás no. Sevilla es como la vida, está para ser vivida, no para ser entendida. Y si nos dicen algo, da igual: «esto es Sevilla y aquí hay que mamar».

Dígale eso a un guiri despistado, que verá la cara de póker que se le queda. Porque el turismo, buen jardín ese, es la Némesis de nuestros días; el blanco de todas las dianas para el sevillano profundo y el frasco de las esencias para el esnob más libérrimo. Es el sevillano, como decía antes, un ser de extremos. Y contradictorio: ponemos el grito en el cielo por no sé cuál calle que necesita un asfaltado como agua de mayo, pero tampoco queremos grúas ni hormigoneras, que lo afean todo; o que hay que ampliar el tranvía, pero vaya tela si nos olvidamos de la enésima línea de metro. Queremos que vengan los guiris y se hagan selfies bajo la Giralda, pero que no lo llenen todo. Porque la tienda de ultramarinos del siglo XIX o la tasca de Manolo donde tiran la mejor Cruzcampo con dedo y medio de espuma se van al garete y sabemos que, con ellos, se va también una parte de nosotros.

Queda muy bien la lágrima de teclado cuando luego la que cierra es esa tiendecita de flamencas y figuritas de Lladró a la que íbamos de chico. Sin embargo, ¿no tenemos también nosotros parte de culpa? O, si lo prefieren, responsabilidad. El turista italiano, francés o chino no se diferencia tanto del sevillano que coge el petate y se pilla por Airbnb una habitación con vistas al centro de París, Nueva York o Tokyo. Somos ese mismo guiri, aunque hayamos nacido en Triana, que se hace una foto en la azotea del Empire State, copa de Martini en mano, y que nunca ha probado una sangre encebollá en el Salvador o unas espinacas con garbanzos en la Alameda.

Y al final pasa lo que pasa. Que la mercería de Pili o la tienda de comestibles de Félix no facturan. Y con el metro cuadrado a precio de caviar iraní, no salen las cuentas y nos apalancamos al ladrillo cual caballo ganador. Hay dos leyes fundamentales en el universo: la gravedad, y la oferta y la demanda. Sé que duele que un trocito de nuestra identidad se pierda por un afluente que va a parar a un mar común y lejano, pero tampoco vale llorar mientras devoramos una cheeseburger foodporn en la última hamburguesería de diseño o hacemos la compra del mes a través de la app de Amazon.

Nos estamos convirtiendo en invitados de nuestra propia realidad y ese es el parque temático del que tantos hablan. Confiamos en que la Administración regule lo que nosotros no estamos dispuestos a solventar con esas pequeñas decisiones individuales que, al final, convergen en lo colectivo. Tampoco nos asustemos. El concepto de sevillanía es líquido: esa tiendecita del siglo XIX se afianzó sobre el vendedor ambulante de la tartana, y Sevilla no desapareció. Quizá la ciudad cambie, en el envoltorio, no en la esencia, pues en ella habitan los sevillanos y esos sí que son animales de costumbre.