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El 11-S es la línea divisoria que marca la frontera entre el siglo XX y el XXI. Es la caída de Roma de nuestros días, el fin del mundo que creíamos conocer y, en cierto modo, el comienzo de nuestra historia moderna. Han pasado veinte años y la Historia, como siempre, siguió su curso inescrutable. Con los atentados al World Trade Center y al Pentágono, fuimos conscientes de que un nuevo paradigma de guerra era una realidad: la guerra contra un enemigo mimetizado entre nosotros.

Ese día el mundo cambió y muchas certezas se derrumbaron junto a las Torres Gemelas. Cambió la seguridad en los aeropuertos, la forma de comunicarnos y hasta la arquitectura de los edificios. Afectó a nuestra confianza en las instituciones, en los servicios de Inteligencia y en los gobernantes. Fue la prueba de que todo puede fallar y es entonces cuando estamos expuestos a la peor de las calamidades.

Aquel fatídico mediodía de 2001 mientras almorzábamos con el telediario de Matías Prats, los más niños no éramos conscientes de la magnitud del atentado y muchos ni siquiera habían nacido. Otros, la gran mayoría, se mostraban incrédulos frente al televisor, ante las sobrecogedoras imágenes de aquellas dos chimeneas humeantes antes de colapsar y sepultar la isla de Manhattan de polvo, escombros y terror.

Estados Unidos tuvo miedo por primera vez en mucho tiempo. En el 11-S, la hegemonía militar quedó en entredicho y nuevos enemigos le ponían rostro al recién inaugurado milenio. Veinte años después, en los estertores de una pandemia que agoniza y enfila hacia los libros de Historia, nos dirigimos hacia un mundo más seguro que en 2001. Llegó la guerra, Internet se instaló en nuestros bolsillos, nació la teoría conspiranoica moderna y las fake news demostraron que la verdad no debe arruinar un buen titular.

Han habido muchas fechas que cambiaron la historia de Estados Unidos; pero quizás esta, la más importante de todas, fue la fecha en que también cambió la humanidad. Y también, sin saberlo, cambiamos todos.