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El fango se apelmaza donde una semana antes había calles rebosantes de vida. Los coches se apilan como juguetes en el cajón de un niño con los sueños truncados. Los azulejos de cerámica valenciana marcan el nivel del agua. Las casas y los garajes están anegados; los negocios, arrasados. Es la imagen de la tragedia. Es el olor de la tragedia.

La catástrofe de la Dana en Valencia ha provocado un terremoto político sin precedentes. A la inacción de unos dirigentes incompetentes a todas luces hay que sumarle la valentía de la sociedad civil que, desde el primer momento, ha ido adonde el Estado se ha mostrado incapaz de llegar. Las escenas con tintes de motín vividas con la llegada de Sánchez, Mazón y el Rey a Paiporta serán recordadas por mucho tiempo. La altanería y la desfachatez de quienes no están dispuestos a llenarse las manos de barro, también.

Es humano e incluso comprensible que, tras una desgracia, se le pongan nombres, apellidos y cargos a los presuntos responsables. Y más cuando a algunos parece importarles más la partida de ajedrez, la aritmética parlamentaria o el House of Cards del politiqueo que salvar la vida de sus compatriotas. Te lo dicen desde la comodidad de un escaño o de una Consejería de Turismo, con la voz atiplada y la pose chulesca de matón de covacha administrativa, sin ápice de sensibilidad y con la única preocupación de no estropearse la manicura.

Se cruzarán límites estos días y se pasarán líneas rojas de las que hay difícil retorno. El hilo que separa la democracia del caos es tan tenue que sólo hace falta una mala tarde para que todo se vaya al traste. Es lo que tiene anteponer la construcción del relato, de endosarle el marrón del barro al adversario y exonerar las culpas antes que aguantar el tipo y mantenerse en pie ante la tormenta de piedras. La onda expansiva del estallido social vivido en Paiporta, cuyo escarnio se llevaron los Reyes de forma injusta, puede convertir la inanidad del Estado en algo más similar a una república bananera que a una democracia occidental.

España no es un estado fallido, pero oposita para ello. Nadie sabe qué ocurrirá cuando el temporal amaine. Hay quién dice que en dos semanas se hablará de otra cosa y otros que faltarán las sogas, con la misma falta de fundamento unos que otros. No somos adivinos. Lo único cierto es que, cuando el barro ya sólo forme parte del recuerdo, las costuras del sistema saldrán a la luz desde las aguas estancadas, y algo se habrá roto por el camino.

Paiporta, Catarroja, Picaña, Benetúser y Alfafar copan la lista de localidades tristemente célebres estos días y que pasarán a la Historia como el Titanic del Levante, la Pompeya del siglo XXI, el Katrina español. Una tragedia que ha puesto de manifiesto la negligencia criminal producto de un Estado atiborrado de esteroides, pero incapaz de levantar una simple aguja. La dictadura del secretariado, de la cita previa, de la copia compulsada y del formalismo extremo igual es válida para clientelizar la Administración y perpetuar a partidos sin oficio ni beneficio, pero es incapaz de gestionar una catástrofe. Son hechos. Que voluntarios de todas las partes de España y de fuera del país se hayan movilizado al epicentro de la zona cero con más eficacia y sufragados con menos impuestos que dos Gobiernos, el nacional y el autonómico, para pertrechar de ropa, comida y medicinas a los damnificados, da buena prueba de ello. Así lo confirmaba la expresión de incredulidad de un bombero francés al enterarse de que eran los primeros en llegar. Unos envían platos y otros se los lanzan entre ellos. El hartazgo fruto de esta disociación puede ser sólo la mecha.

La cifra de fallecidos asciende a 217 en este momento, aunque todo parece indicar que será más elevada. Resulta que esa maquinaria del fango de la que tanto hablaba Sánchez con el gesto severo sí existía, y puede llegarle a las rodillas antes de noquearle con una fuerza que no concibió cuando acuñó el término.