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Occidente vivía tiempos de gloria. El éxito, el asentamiento de la democracia liberal y la fe ciega en el progreso habían creado las más altas cotas de bienestar y engendrado la sociedad más avanzada que jamás se posó sobre el planeta Tierra. Ese era el status quo alumbrado después de la Segunda Guerra Mundial y luego cristalizado tras la caída del Muro de Berlín; el fin de la Historia, que diría Fukuyama, una época en la que navegábamos hacia el futuro, guiados por la luz de la Ilustración y condenados a un total y absoluto éxito.

A eso habría que sumarle también la consolidación de una clase media que relegaba las luchas de clase que en su día fraguaron la gran ideología del siglo XX a sucedáneos de nuevo cuño. Entiéndase. A una persona que ya piensa en comprarse una segunda residencia para veranear no se le podía vender lo de la plusvalía y la correlación de fuerzas. El marxismo tenía que reinventarse, y bien que lo hizo. Los ingenieros sociales de los campus estadounidenses se pusieron a darle al coco y, tras un rápido análisis, dieron con el diagnóstico y encontraron el remedio: abrazar banderas sociales sobre consensos ampliamente aceptados por todos, retorcer la tolerancia, el respeto y la diversidad hasta límites obscenos y convertirlos en el hoy agonizante espantajo identitario, que ya enfila a un más que previsible final.

Nadie pensó que pegarle un tiro en el pie a los pilares de todo el tinglado para alimentar a una ideología exangüe fuera una buena idea. E igual lo fue, al menos durante un tiempo y sólo para algunos, pero ya con las costuras a la vista y sin más conejos en la chistera, pintan bastos para un ciclo woke que parece llegar a su fin, no sin antes reducir el castillo de naipes color arcoíris a una pila de escombros sobre los cimientos de lo que un día se juraron destruir.

Es posible que alguna vez los libros de Historia se pregunten por qué grandes empresas, industrias multimillonarias y banqueros de esos que hasta dan conferencias se bajaron los pantalones ante unos activistas de pelo azul, se postraron de rodillas deslumbrados por la superioridad moral de quienes dibujaban la frontera entre lo bueno y lo malo, mostraron sus culpas autoindulgentes al mundo y se flagelaron con soflamas vacías en la plaza para señalar a quienes se atrevían a matizar sus dogmas, sin que nadie de esas élites se atreviera a ponerlos en cuestión o los mandasen a tomar viento.

O lo que viene a ser lo mismo: apuntarse al carro del wokismo. Reemplazar convicción por oportunismo, entretenimiento por lección y perdón por señalamiento parecía el negocio perfecto, pero no cayeron en la cuenta de que, tarde o temprano, esa maquinaria de la lucha infinita resumida en Es que aún queda mucho por hacer los noquearía con las mismas armas que ellos crearon y cuyo poder no fueron capaces de calcular hasta que lo sufrieron en sus propias carnes.

Hemos observado con singular desvergüenza cómo estos Torquemada de Hacendado vestidos de evangelizadores daban la chapa hasta la extenuación, invadían tertulias, convertían las redes sociales en su particular coto de caza a prueba de disidentes y destrozaban las carreras de aquellos pecadores que no pertenecían a sus colectivos sensibles, mientras hacían la vista gorda, blanqueaban, o no condenaban con idéntico entusiasmo, a delincuentes a quienes incluso excarcelaban, pero que pertenecían a unas minorías muy oprimidas, según su dialéctica, y que, realmente, no necesitaban su ayuda ni la de nadie.

El ejemplo más paradigmático de todo esto es la actriz Karla Sofía Gascón, primero usada como ariete cultural de una lucha que la valoró más por unos atributos identitarios elevados a rasgos divinos que por sus dotes interpretativas y que, tras ser despreciada por quien una vez creyó amigos, fue arrojada a los leones, borrada de la nueva memoria que ellos se afanaron en construir y reducida, con particular crueldad, a un guiñapo manoseado cuando ya no les era útil. En España, como fieles seguidores que somos del imperio cultural que representa Estados Unidos, corrió la misma suerte Íñigo Errejón poco antes, cuando esos (y esas) adláteres con quienes se juró hacer la revolución al final lo devoraron y enviaron al ostracismo sin billete de vuelta.

Y es que, al final, no se trataba de librar al mundo de la opresión impuesta por la procedencia, el color de la piel o la orientación sexual, sino de darle la vuelta a las tornas, intercambiar los roles y sustituir esa supuesta discriminación por otra liderada por ellos. Para muestra, un botón. Nos han machacado de forma intensa con la subnormalidad de la masculinidad tóxica, hasta el punto de hacer deconstruirse a buena parte de hombres aliados feministas, que en realidad tenían más ganas de intimar con mujeres que de comprenderlas, mientras al mismo tiempo han ensalzado al prototipo de mujer empoderada, fuerte e independiente (como si no lo fueran antes), a personajes de ficción femeninos a los que han caricaturizado, cambiado la fuerza por antipatía, vaciado de carisma y desprovisto de arcos narrativos interesantes, para reducirlas a un arquetipo masculino en un cuerpo femenino.

Dicen que los tiempos fáciles crean hombres débiles; eso, o que tanto progreso atonta. Como siempre, nada nuevo bajo el sol. La Historia no se repite, pero sí rima. Los debates bizantinos de nuestra época no giran en torno al sexo de los ángeles, más bien a su género, y hoy el asedio no se cierne sobre Constantinopla, sino ante una Europa envejecida y en los estertores de una civilización que hoy asiste a su ocaso. Tal vez no lo veamos, pues un imperio no cae de un día para otro, o igual esto es sólo un paréntesis, una vía de agua que amenaza con arreglarse con el esparadrapo de la preocupante resurrección nacionalista que hoy gana en salud, hasta que la gravedad haga su trabajo y el péndulo de la Historia nos ponga en nuestro sitio a unos y a otros.