La invasión de Ucrania por parte de Rusia puso las cartas sobre la mesa y sacó a la luz muchas costuras. A la ya consabida sintonía de la extrema derecha con la agresión del Kremlin, se le sumó el apoyo taimado de una izquierda que, aunque no defendiera a Putin de forma abierta, sacó del baúl de los recuerdos el ¡No a la guerra! en vez de un más acertado ¡No a la invasión!
Si vis pacem, para bellum o, dicho de otro modo, Si quieres paz, prepárate para la guerra. Esa es la consigna que, por anacrónica o incluso paradójica que pueda resultar, mantiene el improbable statu quo inherente a un mundo sin conflictos.
Resulta extraño que la izquierda occidental, tan comprometida con la causa saharaui, la palestina y que con tanto ahínco condenó la invasión de Irak por parte de Estados Unidos en 2003, haga mutis con un conflicto en suelo europeo que cuenta en miles las víctimas civiles, primero en 2014, y luego con la reedición de 2022 que ya dura tres años.
Establecer una equidistancia entre un país agredido hasta la extenuación con una potencia liderada por un régimen tiránico, imperialista y terrorista no se corresponde con la moral químicamente pura que la izquierda enarbola como mascarón de proa. Ese paralelismo, en la práctica, equivale a condenar con idéntico entusiasmo un ataque injustificado con la legítima defensa, lo que viene a ser otorgarle a Putin patente de corso para que las tropas rusas entren en Ucrania sin resistencia y desfilen en un paseo militar hacia Kiev.
Y no sólo eso, pues las ideas nacionalistas, reaccionarias e imperialistas de Putin estarían situadas tan a la derecha en el espectro político nacional, que harían saltar los resortes del termostato ideológico patrio. Rusia no es el paraíso de la izquierda, ni de las minorías a las que ésta defiende con denuedo, ni la URSS era una arcadia eco-friendly, ni las fronteras estaban abiertas para que todo Cristo entrase como Pedro por su casa. Esta izquierda, además de ambigua, cobarde y pueril, decidió posicionarse en un terreno intermedio sembrado de mantras y eslóganes vacíos que, en realidad, ocultan su espíritu prorruso, el odio a Occidente y una animadversión a la democracia liberal que comparten con esa extrema derecha a la que tanto desprecian.
A los hechos me remito. Antes de que Vox se alinease con Viktor Orbán en el grupo Patriotas por Europa, Podemos arrugaba el entrecejo ante la posibilidad de abastecer a Ucrania de armas y ayuda militar. Algunos dirán que Sánchez encarna esa izquierda en España, aunque no resulta muy fiable que los socios de gobierno que tanto necesita para afianzarse un día más en la Moncloa aboguen justo por lo contrario.
Como siempre, el pasado nos ofrece claves interpretativas del presente. Cuando los nazis invadieron Polonia en 1939, la prensa alemana publicó: «Polonia invade Alemania». Fue la verdad la primera baja de esa Segunda Guerra Mundial, cuyo final alumbró el orden mundial existente hasta el arrodillamiento de Trump ante Putin. En aquella ocasión, el origen del tumor se halló en un nacionalismo que, en la actualidad, gana adeptos de forma exponencial. Hoy, ochenta años después del gran conflicto del siglo XX, ese mal abre un nuevo capítulo en la Historia, alimentado por la complicidad de una extrema derecha asalvajada e identitaria y sustentado por una extrema izquierda zorruna e igual de identitaria que, irónicamente, ha buscado en Putin al sucesor de una URSS a la que tanto defendió por ser la contraparte de la OTAN y ha encontrado en los imperialistas rusos los nazis de nuestros tiempos. Quién sabe, tal vez la nueva coyuntura creada tras la estrambótica adscripción de Estados Unidos a Rusia les haga ver que tienen al enemigo en casa.