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La colección de borrascas que lleva asolando Sevilla desde hace tres semanas no presenta síntomas de amainar. Tras una tregua en forma de alguna jornada escurridiza sin lluvia, cada mediodía un cielo encapotado cargado de nubarrones se pone para retrasar el inicio de la primavera hasta nueva orden.

Con ello, la crecida del río y las alertas rojas se suceden en paralelo a esta prórroga del invierno sevillano y al desfile de paraguas y chubasqueros que se abre paso a trompicones entre la multitud y el olor a azahar que ya impregna el ambiente. Sevilla ya está ahí, se nota, está calentando en la banda a la espera de que la calma siga a una tempestad que se nos hace rara, como si fuese una moda pasajera, una apropiación cultural que más bien parece un pegote exento de alma que nuestra propia seña de identidad.

No falta quien, apoyado en la barra de un bar para resguardarse de la lluvia, afirma con tono tranquilizador que firmaría por esta ración diaria de trombas si, de esa forma, tuviéramos una Semana Santa despejada, con la entrañable certeza de quien cree que la naturaleza es un juego de suma cero. Aun así, y aunque no tenga mucha lógica, hay algo en ello que nos aporta una confortable e inexplicable fe que sólo el sevillano puede explicar.

La lluvia y la ristra de asteriscos que han jarreado en Sevilla la han redefinido por completo, pues en pocos minutos un sol irradiador ha dejado paso a un chaparrón con granizos para, instantes después, volver a disfrutar de ese sol. Un lance del juego que ni las más ancestrales fuerzas de la naturaleza, Dios o el cambio climático son capaces de sortear.

Y, así, tras las últimas actualizaciones de la AEMET, parece que a Sevilla ya le queda menos para eclosionar de esta crisálida nublada, salir por la puerta grande y volver a saborear el aura de su propia esencia, esa impronta indeleble forjada con el chinchín de las terrazas, el aroma de las tapas y el calor de la primavera. Porque ni este telón negro que nos invade y cuya estancia ya nos empieza a resultar cansina puede reprimir el impulso de una urbe que bulle incluso cuando está dormida y el tesón de sus gentes, de chaquetón por dentro, pero de traje y mantilla por fuera.