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El Mundo

Está siendo una Semana Santa atípica. Tras la sucesión de trombas y la colección de aguaceros que arreciaron en Sevilla hace menos de un mes, esta parecía una ocasión idónea para que los cielos despejados volvieran a reinar durante los días más esperados de todo el año.

O eso se intuía al principio, pues un sol de justicia por la mañana mandaba al traste las predicciones de peor augurio. Sumémosle a ello también las ganas concentradas por la ausencia de muchas cofradías el año pasado, suplidas en diciembre, aunque con un tono diferente, por la Magna.

A un Domingo de Ramos que retrasó la salida de varias hermandades como la Borriquita a causa de la adversa climatología, le siguió un Lunes Santo que se mantuvo valiente pese a un cielo encapotado que vio la recogida prematura de San Gonzalo en la Catedral, tras una gran puesta de largo desde Triana, y la suspensión de la solemnidad de El Museo. El mismo panorama de sol vespertino atravesado por rachas lluviosas acompañó a un Martes Santo que sólo vio salir a la mitad de sus procesiones. Ni el granizo ni dos coches obstaculizando la calle Gamazo fueron óbice para que Santa Cruz pasase y El Cerro y San Esteban lucieran nuevas y flamantes insignias en sus pasos procesionales. La angustia por la lluvia decreció el Miércoles Santo, aunque algunas gotas escurridizas a la altura de Reyes Católicos dejaron ver los primeros paraguas abiertos al paso de la Piedad del Baratillo.

Y, así, llegamos al Jueves Santo, día de pasión del Señor, de traje y mantilla, de La Exaltación, Los Negritos y Monte-Sión, y este año precedida por el retorno de San Gonzalo a la luz del día por las calles de Triana. Una jornada también de prolegómenos y espera. El punto álgido de la Semana Santa es tan diverso como el número de cofradías y hermanos, pero el viernes al caer la noche todo cambia de sabor. La Madrugá prepara los engranajes para un clímax anhelado, no como agua de mayo, sino como sol de abril. Desde la Macarena y Triana, las dos Esperanzas enfilan hacia la Catedral por una senda de plumas blancas y pétalos rojos, escoltadas por la inapelable Sentencia y por un caballo que no sucumbe ni con Tres Caídas.

Que Sevilla está cambiando se deja ver en la proliferación de los pisos turísticos, en las franquicias que le ganan el terreno a los bares de toda la vida y en unas sillas flanqueadas por vallas cada vez más altas, pero la flauta dulce de El Silencio, el fervor de Los Gitanos y la elegancia de El Calvario siempre permanecerán como la esencia de lo que una vez fuimos y, en realidad, nunca hemos dejado de ser.

El Gran Poder, quintaesencia de la Madrugá, culmina la jornada. El nazareno de Juan de Mesa camina a paso racheado, firme y majestuoso, con la cruz a cuestas desde San Lorenzo; lo hace con su mirada mansa y misericordiosa a través de las calles angostas y en sepulcral silencio. El magnífico paso barroco sobre el que se erige el Señor de Sevilla es obra de Francisco Antonio Gijón y tiene el honor de ser el más antiguo de Andalucía. Imagen de gran devoción, no sólo en Sevilla, sino a lo largo y ancho de la geografía española, reúne a propios extraños, no juzga ni condena, tampoco entiende de clases sociales ni ideologías políticas, elementos superfluos que escapan a la magnificencia de su grandeza.

Da igual que sea mañana, tarde o noche. La plazoleta de San Lorenzo atestada como punto neurálgico de la Madrugá y el suelo empedrado sobre el que se abre paso la penitencia se iluminan con la luz reflejada por el campanario. Los balcones con palmas señalan el itinerario de los capirotes que apuntan a sus templos. Es difícil caminar sin toparse con alguien en dirección contraria o simplemente pasear; en cambio, comprobar quién va de empalme desde la tarde es una tarea mucho más sencilla. Los transeúntes caminan abstraídos a lo largo de una recta imaginaria que se prolonga entre la multitud, hasta cruzarse y fusionarse unos metros o años luz más adelante con otro cúmulo oblicuo procedente de una calle perpendicular que corta y se fusiona con la citada bulla. En los bares, los camareros no dan abasto y el aforo alcanza cotas astronómicas. Los grupitos se reúnen en torno a los bares, alzan las copas y luego las colocan en los poyetes desconchados a injuria, entre cuyas juntas la hierba rebosa al paso de los jóvenes enchaquetados con el llamador, los adolescentes que estrenan no tener hora y la pareja que pasea su amor bajo la cálida sombra proyectada por la Giralda.

Teodosio, Santa Clara y Eslava son los vasos comunicantes que van del casco histórico hasta abrirse en el ensanche anunciado por las campanas suaves de la iglesia que preside la plaza de San Lorenzo. Calles por las que el Gran Poder desplegará su poderío con esa cruz que parece no tocar y que acaricia con el sufrimiento que Juan de Mesa supo grabar con sangre, gubia y cincel. El viernes es el día del Señor de Sevilla, no sólo en la Madrugá, sino en la comunión incesante de fieles y devotos que rezan sus preces en la basílica en cualquier época del año y se sientan ante la noble mirada del Nazareno, haya oración o no.

La fe que despierta el Gran Poder entre el pueblo atrae con misterio a visitantes, hermanos e incluso a quienes no comulgan con los ritos teologales. Es un sentimiento recio, inquebrantable, que da cobijo, calor y luz tanto a las almas fuertes como a las debilitadas por los embates de la vida. Allí, encogidos por el frío de la Madrugá y con la nota desafinada de una saeta como única banda sonora, todo se diluye en un cúmulo de emociones subyugadas por una conexión ancestral y difícil de explicar entre el hombre y Dios.

La Madrugá es la gran noche de una Sevilla engalanada con túnicas negras, espartos amarillos y de churros en el puente de Triana. De aroma a incienso y torrijas en el café, de hermanos reunidos, ambiente en las calles resbaladizas de cera, sillitas plegables delimitando la primera línea de visualización y el recuerdo de alguna carrera ingrata. Lo es también de antifaces verdes y morados, como los dos colores corporativos, no de partidos enfrentados, sino de una misma pasión; de la ilusión y la Esperanza de esos niños de la Trianera y de la Macarena que se duermen temprano y recargan fuerzas para acompañar a sus Sagrados Titulares ya de recogida por la mañana con la túnica planchada y la cestita de caramelos.

En Semana Santa se dan, cómo no, síntomas de la inmediatez inherente a la modernidad que tiene su eco en Sevilla, como el ejército de móviles y cámaras que se levantan entre la multitud para apuntar a los pasos y grabar unas imágenes que nunca serán vistas. Y es, por supuesto, sinónimo de costal, fanal, de bullas y calles cortadas, pero también de globos de Mickey Mouse subiendo a las nubes y de esa bola multicolor que acumula cera, gana diámetro y suma años.

Con todas las miradas puestas en el cielo y a las páginas meteorológicas, la Madrugá calienta motores. Y, mientras la banda repasa hasta la última corchea del pentagrama en ristre, las cornetas y los tambores se preparan para entonar la melodía de la mayor expresión cultural del pueblo.