El Betis ha cambiado. Y no sólo por haberse clasificado para una final europea por primera vez en 118 años o por practicar un fútbol que malacostumbra a los béticos a la par que conquista corazones dentro y fuera del Benito Villamarín, sino por creerse que podía hacerlo. Con independencia de lo que ocurra en la final, la hazaña lograda por los hombres de Manuel Pellegrini ya ha pasado a engrosar con letras de oro la historia verdiblanca.
Anoche hubo fumata verde en el estadio Artemio Franchi de Florencia, sin duda un escenario que a partir de ahora siempre tendrá un hueco especial en el corazón de los béticos, junto a El Sardinero, el Vicente Calderón y la Cartuja. Mientras el poderoso Chelsea espera en la final de la Conference League el próximo 28 de mayo en Breslavia, una afición a la que ya es imposible que le quiten la última sevillana bailada hace cábalas en el cónclave de la Feria para el que podría ser el primer título continental de un club al que el fútbol le debía una noche con sabor europeo.
Todo el atrezo parecía colocado al milímetro por el Dios del fútbol en una fiesta que se había hecho bastante de rogar: un rival de renombre donde Joaquín militó durante dos temporadas, una clasificación en Feria al igual que la única Liga ganada hace justo noventa años y hasta el verde de las gradas del estadio de Breslavia o del color corporativo de la competición. Porque el Betis es la contradicción hecha equipo de fútbol: de ganar una Liga, una Copa o hacer el fichaje más caro de la historia a volver al infierno poco después; o comenzar una temporada con más dudas que ilusión y acabar siendo el único representante español en una final europea.
Pero si hay un culpable que ha contribuido a que el Betis se haya limpiado las legañas para meter la quinta y cambiar para siempre, ese es Antony. Más allá del físico y la calidad, del talento inconmensurable de Isco y Lo Celso o la batuta mágica de Manuel Pellegrini a las órdenes del barco, la inyección de moral inoculada por el jugador brasileño le ha anotado un golazo por la escuadra a los fantasmas del pasado, a las pupas, a la feliz irracionalidad de llenar un estadio un jueves con tres goles en contra y ha desterrado al ostracismo el susurro de los malos augurios. Dicen que los amores de verano, pasajeros y efímeros, se recuerdan con más intensidad y resuenan durante toda la eternidad, tal vez alimentados por lo que pudo ser y no fue o idealizados para rellenar los huecos de lo que nunca ocurrió. Sea como fuere, el legado de Antony ya es tangible por los cuatro costados y se recordará como aquel que le dibujó una sonrisa al Betis al tiempo que el Betis se la devolvió a él. Y hasta que el Manchester United nos separe.
El proyecto deportivo del Betis con Ángel Haro, José Miguel López Catalán y Manu Fajardo a la cabeza ha ilusionado a un Betis que hace diez años volvía a Primera División y hoy bate su propio récord al firmar una racha inédita en la historia verdiblanca de once temporadas consecutivas en la élite del fútbol español. El Betis ha aprendido a depender de él, a incluso jugar mejor cuando va ganando y a no encomendar su destino a la salud del Papa. Y es que estos años indelebles que comenzaron con la consecución de la Copa del Rey en 2022 han seguido con la modernización de un club anclado a la tradición de Jabugo y se ha afianzado con una plantilla competitiva hoy apuntalada con los goles capicúas de Antony y Abde, que siempre recordaremos contados por la ya inmortal narración de Fran Ronquillo en una prórroga para la hemeroteca.
Fue la Fiorentina un rival duro y expeditivo. Llegar a una final no iba a ser una tarea fácil, y de eso se encargó un engorilado Ranieri que a punto estuvo de hacer zozobrar la paciencia de Antony. El Betis supo aprovechar la ventaja de la ida para contemporizar los primeros compases del partido y ponerse por delante. Y, entre el duro juego de los italianos, surgió la magia de Antony con un preciso y precioso libre directo, que no tardó mucho en ser opacado por la dura testa de Gosens en dos ocasiones para igualar la eliminatoria. Ya en una agónica prórroga, de las botas del brasileño nacería la asistencia que le puso en bandeja a Abde el pase a la red y, de paso, a la final de Breslavia.
El duelo contra el Chelsea está lleno de paralelismos, y no sólo porque el Betis ya jugase en Breslavia en 1925 en una gira por Alemania, país al que perteneció la hoy ciudad polaca hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Quintos en la Premier y también en la lucha por alcanzar los puestos de Champions, los británicos ya dejaron al Betis a las puertas de unas semifinales en la Recopa de 1998, siete años antes del gol de Dani en la victoria en Heliópolis en aquel inolvidable 2005. Muchas cosas han cambiado desde entonces: los Blues han conquistado sus dos Champions mientras despojaba de sus cargos a oligarcas rusos y el Betis ha firmado su quinta temporada consecutiva en Europa, tras haber recorrido un camino plagado de concursos de acreedores que se cernían sobre el Benito Villamarín, fichajes fugaces con más ruido que nueces y años en la quema, hasta ascender al lugar que por historia le correspondía.
En el banquillo del Chelsea, un viejo conocido de nuestro fútbol y con pasado rojiblanco como Enzo Maresca se intercambia mensajes de WhatsApp con Pellegrini, a cuyas órdenes estuvo en Málaga, donde también coincidió con Joaquín e Isco, y que ha tildado al chileno como su padre futbolístico. A los londinenses el único título europeo que les falta en sus vitrinas es la Conference y el Betis hará todo lo posible para postergarles la conquista, al menos, un año más. Cualquier cosa puede pasar en una final en la que el Chelsea parte como favorito y donde el conjunto verdiblanco se agarrará a sus trece barras para encomendarse a la buena suerte, rubricar un epílogo para la posteridad y ponerle el broche de oro al estadio Benito Villamarín.