No es Ella, le han quitado el alma. Ese es el sentir mayoritario entre los hermanos de la Macarena tras la polémica restauración de la Virgen realizada por Arquillo Torres. Darse una vuelta hoy por los alrededores de la basílica es asistir a un desfile incesante de feligreses que, con rabia, incredulidad y lágrimas en los ojos, acuden como cada jornada a la iglesia a ver a su Madre.
La relación del sevillano con lo sagrado va más allá de la mera manifestación cultural, se fusiona con la fe y se adentra en una dimensión sagrada, casi atemporal, un terreno donde las imágenes, los pasos y la liturgia trascienden lo religioso. Aquí, la tradición no se renueva, se conserva; la historia no se profana, se ensalza. Sólo la idea de renovar algo, pulir un simple pliegue o perpetrar un avance, colocar una mariquilla más, una tembladera menos, una lágrima en una mejilla de madera o cambiar la longitud de una pestaña, implica el intento de mejorar algo ya de por sí perfecto. Sevilla no vive en el pasado, vive desde el pasado. Alterar el equilibrio de lo eterno y lo inmortal trastoca el status quo de las tradiciones, que por algo se llaman así, pues resuenan en nosotros y en la psique colectiva de una ciudad en la que el arte no obedece a una categoría objetiva, sino que se siente como otra parcela íntima, identitaria; se hereda y se prolonga como una extensión de nuestro ser. No es una cuestión de nostalgia, sino de fidelidad.
Y más en Sevilla, donde la máxima Si algo funciona, mejor no tocarlo se eleva a mito fundacional de la ciudad. El malestar generado por abordar el arte con pincel y no con fe ha corrido también de forma paralela en las redes sociales, que han amplificado la indignación compartida hasta situar a Sevilla en el ojo del huracán de la polémica digital del día. La tradición no se adapta a los nuevos tiempos, pero encuentra en ellos la horma de su zapato. En la era de los comunicados oficiales, la indignación de los hermanos precipitaron las intervenciones exprés de la Junta de Gobierno para reparar el agravio, a lo que también han contribuido las concentraciones en las puertas de la basílica pidiendo la dimisión de la misma. Y, entre los devotos afligidos y los tuiteros ávidos de carnaza, no se han hecho esperar tampoco los debates sobre el lugar exacto donde se desdibuja la frontera entre restauración y profanación, o la dicotomía entre criterio técnico y devoción popular. Debe de ser ese el único aspecto en el que Sevilla lucha por no permanecer inmóvil y se muestra lista para correr a la misma velocidad del mundo, en un pulso trágico y heroico, entre la identidad y el progreso.
Sevilla se toma en frascos pequeños. En esta ciudad, lo poco agrada y lo mucho empalaga. La sencillez de una flor, la nota desgarrada de una saeta, la medida sacrílega de una pestaña, o en temas de fondo como la Magna, la Feria larga y el turismo de masas, representan la medida reducida y la óptima ración de la sevillanía. Porque, en lo que concierne a vernos desde dentro, aquí la Semana Santa no se repite, sino que se hereda. Cada año es mejor que el anterior, pero no peor que el siguiente. La innovación ampulosa y desmesurada sin una historia en la que asentarse está coja, porque lo viejo no es sinónimo de antiguo, sino de inmortal.
Lo que para muchos ha sido una traición a golpe de espátula, resina y barniz queda reflejada en la nueva expresión de la Virgen, ahora con menos dureza en los ojos, un aire esquivo, mirada más triste y unas pestañas tan postizas como el cuidado aplicado en una actualización que ha desvirtuado el alma de los sevillanos que ven en Ella el vivo retrato de su Madre.