El arte de hacer leyes es similar a la incineración de un cadáver: todo el mundo ha oído hablar de ello, pero es mejor no ver el proceso. Si la obra legislativa de Pedro Sánchez se pudiera resumir en una frase, a buen seguro no sería esa, pues las cloacas del sanchismo han aflorado tanto hacia la superficie, que ya es difícil distinguir entre el fondo y la propia superficie. Y no es para menos. Zambullirse en una piscina de irregularidades, nadar entre mentiras y salir oliendo a Paco Rabanne, al menos entre sus adláteres, merece llenar de asteriscos las notas al margen de cualquier tratado de ciencia política o manual de resistencia.
Pero no nos engañemos. Sánchez es mucho más que todo eso. Firme y con una capacidad de supervivencia similar a su sed de poder, accedió a la secretaría general de su partido tras una particular diáspora a bordo de un Peugeot 407 por la España profunda junto a unos correligionarios que, quizás eran lo mejor en lo suyo, porque no lo eran en nada más.
No obstante, la génesis del líder se fraguó varias décadas antes, durante la gestación del nuevo régimen. Tal vez los padres de la Constitución pecaron de cierta ingenuidad al no haber podido diseñar un sistema más sólido, aunque a lo mejor debamos reconocer que prever a un líder como Sánchez le hubiera requerido a los ingenieros jurídicos de la Transición unas cuantas dosis de fentanilo o adentrarse de lleno en la ciencia ficción. O eran otros tiempos, o es el curso inalterable de la Historia, pero llegar al Gobierno para acabar con la corrupción y luego coleccionar los escándalos casi al mismo ritmo que sus hombrecillos lo hacían, pero con los catálogos de escorts, exige ciertas dotes de maestría. En eso, en lo de la maestría, Sánchez se mostró ducho desde el minuto uno, o incluso antes. Ser capaz, muy al comienzo, de distanciarse de un Podemos al que definió como el populismo con el que no podría dormir tranquilo por las noches fue su carta de presentación. Pero Sánchez, en realidad, ya lo había aprendido todo, intuyo, mientras observaba el desaguisado fruto del Procés en 2017; allí, desde la comodidad de la oposición, fue el único del barco que advirtió la vía de agua en la línea de flotabilidad del régimen que aquella ofensiva soberanista le infringió a España y tomó nota de los daños en su libreta, pero no para arreglarlos, sino para colarse por la grieta a través de los ángulos muertos de la democracia, desmontar las instituciones y hackear el sistema desde sus entrañas para perpetrar la demolición controlada de un Estado que se ha jurado destruir con el mismo entusiasmo que sus amigos coyunturales.
Tras la carambola en forma de moción de censura que lo aupó al poder en 2018, llegaron los indultos, la amnistía y, si llega a ponérsele por delante, el referéndum de autodeterminación para Cataluña. Luego, de aquella exangüe formación morada que siempre percibió como una mosca cojonera exprimió sus ideas, las fagocitó y, una vez absorbidas, redujo ese partido a un capullo hueco e inservible. Y, como el tahúr al que se le alinean los astros y las cartas en una mano de suerte, aquel espacio ruidoso en la extrema izquierda no tardó mucho en implosionar y ser ocupado por la obediencia de Sumar, un sucedáneo en la izquierda caviar caído desde el cielo para ponerle delante una muleta dócil, en un giro de guion que ni él mismo vio venir de lejos.
Con la misma habilidad que ha demostrado para ser un mal gobernante y un perfecto marido, Sánchez es capaz de tomar por idiotas a buena parte de sus adeptos y a quienes jamás lo votarían. Sabe que izquierda y derecha sólo son constructos vacíos de un significado que él está dispuesto a llenar con la coartada necesaria para imponer su relato político, enfrentar a los grupos, sembrar la semilla de la discordia y recoger confrontación. No le preocupa el qué dirán o cómo lo tratará esa Historia a la que manosea sin sonrojarse. Su pasado así lo avala. La contradicción en Sánchez alcanza nuevas cotas cada día: habla de memoria histórica, mientras divide a los españoles en buenos y en quienes no piensan como él; distingue entre jueces que le dan la razón y prevaricadores; condena dictaduras a cincuenta años vista, mientras mira con taimada indiferencia a las de sabor caribeño; convierte a renombrados comunicadores en fiscales de la información; coloca en los medios a activistas disfrazados de combativos periodistas, mientras esgrime la bandera de la lucha contra los bulos; o se aferra a la Constitución como un náufrago a un bote salvavidas para luego saltar a una Ley de Amnistía con la misma velocidad que sufre un cambio repentino de opinión.
El poder desgasta, sobre todo, cuando no se tiene. Sánchez lo sabe y por eso vive al día. Lo hemos visto aguantar con estoicismo los abucheos, soportar el desprecio de unos aliados circunstanciales por los siete votos más famosos desde los tiempos de Massiel en Eurovisión o pactar con Bildu igual que lo haría con Falange Española de las JONS, si con ello pudiera dormir una noche más en la Moncloa.
No hay que darle más vueltas. En Sánchez se plasma aquello de «Que hablen de uno, aunque sea bien». Nos toma por tontos y puede que no le falte razón, pues conoce a los españoles tan bien como Isabel II o el general Franco, y sabe que una polémica aderezada por nuestro carácter dual dura lo mismo que tarda en cocinarse la siguiente. Igual te gana al ajedrez con los dados y te hace creer que le has hecho trampas o te marca el gol del siglo con el puño cerrado mientras le protesta al VAR. Lo hace con esa pachorra que exhibe al caminar, herencia de su etapa juvenil como jugador de baloncesto, deporte que practicó con relativa soltura, aunque hubiera ganado la Euroliga de los trileros si se lo hubiera propuesto. Bajo sus ademanes fingidos de hombre de Estado, maquillaje demacrado, traje de sastre convenientemente más ancho y un peinado con el mechón cada día más cano, se esconden argucias propias de un Caudillo de Mattel. Para muestra, un botón. A Sánchez no le tiembla el pulso en condenar al ostracismo a los Ábalos, Koldo y Cerdán, otrora hombres comprometidos con la causa socialista, incluso antes de que la justicia los condene, al tiempo que reniega de sus vínculos con ellos al verlos desfilar hacia el paredón. Y, mientras se cocina a fuego lento en el jugo de su propia incertidumbre y el cerco se estrecha entre mordidas presupuestarias e idas de lengua, puede permitirse aflojarse la soga que le oprime el cuello y asistir a un acto de su partido, rodeado de mujeres, en una estampa más propia de un líder norcoreano que de un representante de una democracia liberal.
Nadie sabe qué pasará. Puede que reduzca a Fernando VII, Cánovas, Azaña o a Felipe González a la categoría de anécdota o simplemente la picadora de carne de su propio partido lo acabe triturando y relegando a la fugacidad del olvido. Ahora mismo todo es un polvorín: Sánchez camina sobre un campo de minas plantado en la fractura que divide al PSOE. A menos que la política española dé un vuelco de esos que no se olvidan, estará hasta 2027 aunque, si por él fuera, no se marcharía hasta 2037, 2047, 2057 o, si el cuerpo le aguanta, hasta 2077. Sabe que él es el protagonista, incluso cuando no lo es y, conocedor de ese carácter encantador y narcisista, se enrocará en el escaño azul hasta que se le acaben los ases en la manga, los conejos en la chistera o los fiscales en la recámara.
Es de la estirpe de los pragmáticos; defenestrado hace algún tiempo por su partido que hoy lo eleva a líder mesiánico, es capaz de ponerse el mundo por montera y entregarse a una causa para abandonarla al día siguiente. La hemeroteca está llena de afirmaciones, mentiras y cambios de opinión, cuya mitad a cualquier otro dirigente o aspirante a dirigente le hubiera bastado para remachar el último clavo en su ataúd político. Pero Sánchez ahí sigue, al menos hasta la fecha; ha sido comparado desde Maquiavelo a Maduro, pasando por Alvise, Trump, Jesús Gil o Luis XVI, sin el mayor fundamento ni unos ni otros. Se le ha llamado de todo, desde icono, animal político, villano de James Bond o vulgar embustero, cuando tal vez sea todo ello y nada al mismo tiempo. Tenaz y valiente, es el político más interesante de Europa y, puestos a elucubrar, quizá la longanimidad con Sánchez llegue cuando partidarios y detractores lleven ya varios siglos criando malvas. A cada segundo que pasa, demuestra no tener ningún escrúpulo, ni falta que le hace. A fin de cuentas y, prescindiendo de toda prosopopeya, Sánchez no es más que un hombre. Un pobre hombre nada excepcional, con la única singularidad de albergar una ambición inusitada incluso para un político.
Algunos se vanaglorian de haberlo visto venir, pero el origen del personaje no hizo presagiar las trepidantes temporadas que nos depararía. A aquella puesta en escena en 2015, al más puro estilo Patton, bajo una enorme bandera rojigualda, le siguió una versión de revolucionario de salón que reduciría al Che Guevara a un simple auxiliar administrativo. Sánchez no es un político inteligente, sino hábil como una cucaracha, capaz de vivir una semana sin cabeza y no morir de hambre en las dos siguientes; como superviviente nato, aguantó en tierra firme los embates de su primera muerte política en 2016 para resucitar, no al tercer día, sino en las primarias de 2017. Suya es la habilidad de oler una oportunidad donde otro no hubiera ni arqueado la ceja; concita la irresponsabilidad de Alfonso XIII y el pragmatismo de Franco; no empuña la rosa porque no hay ideología en él, ni doctrina labrada bajo su apuesto físico, ni as en la manga en el enésimo comité federal. Porque Sánchez es uno de esos hombres en los que sólo cabe una idea: él.
Llegados a este punto, es difícil vaticinar su destino, sobre todo cuando la actualidad se agita de forma tan efervescente cada día y amenaza con tumbar las piezas del tablero. Sin mucho más que ofrecer ya a sus socios nacionalistas, sin nadie más a quien colocar en el Tribunal Constitucional y asediado por los casos de corrupción y los informes de la UCO que lo rodean en picado, las cartas se le terminan al hoy presidente del Gobierno con la misma fugacidad que la legislatura agoniza, aún cuando ni tan siquiera esta ha llegado a su ecuador. Y, mientras pasea por cubierta, copa en mano, consciente del último bote que le aguarda al otro lado tras haberlo canjeado por la cabeza de sus amigos, el resplandor de un fuego artificial le indica a Sánchez dónde se encuentra la última bolsa de aire que mantiene a flote el barco: el Rey. Sabedor que destronar al monarca y cronificarse en la jefatura del Estado de una hipotética república le daría alas a su proyecto político, si es que lo tiene, esa es la única opción a su alcance para encaramarse en el poder sin cortapisas, refugiarse en los aforamientos y perpetuarse en la república plurinacional que siempre soñó para firmar el epílogo del sanchismo y comenzar, así, el nacimiento de una nueva España.