El conflicto entre Israel y Palestina no tiene solución. Y, si la tuviera, seguro que es tan compleja que escapa a nuestras entendederas. Despejadas las dudas, la ofensiva de Israel en Gaza tras el infame atentado del 7 de octubre de 2023 ha generado en Occidente unas consecuencias de efectos preocupantes. Entre otras muchas cosas.
La respuesta de Netanyahu a la agresión previa de Hamás en territorio israelí se saldó con la previsible masacre en Gaza y más víctimas colaterales de las esperables por un país que presume de ser (y, de hecho, lo es) la única democracia en próximo Oriente.
Un ataque que tuvo como fin provocar a Israel para que desplegara todo su arsenal, contundencia y crueldad. Las cosas al otro lado del Mediterráneo funcionan de forma diferente. Allí, ocupar territorios o negociar con cadáveres sobre la mesa sólo son monedas de cambio. Europa una vez fue igual, hace ya algún tiempo, pero ya no nos acordamos.
Israel juró vengarse por todos y cada uno de los muertos y los rehenes usados como escudos humanos. El 11-S israelí no iba a quedar impune. Otra cosa no, pero su palabra la cumplieron, y con creces.
Lo que resulta curioso es esta doble vara de medir. Mientras Hamás paseaba a los muertos y los mostraba (algo que va en contra de los preceptos judíos), la izquierda woke tremolaba banderas palestinas en el viejo continente y repetía el lema terrorista: «Desde el río hasta el mar».
Ahí no importaban las víctimas. Tampoco se fletaban barcos humanitarios, ni se desplegaban pancartas de postureo y nadie subió posts con el rostro compungido. Resultaban más útiles los eslóganes y las kufiyas. Las vidas eran lo de menos, la clave estaba en saber diferenciar según qué vidas. Para ello hay algo que nunca falla: preguntarse si la causa de moda en el panorama mundial da puntos de buena persona. Es fácil, siempre y cuando no sople ese fuerte viento de levante tan perjudicial para acabar con un Estado genocida. Todo lo demás no son problemas del primer mundo.
De nada sirve que las doctrinas de Hamás y los dogmas de la izquierda identitaria (feminismo radical, antirracismo, LGTBI) sean igual de compatibles biológicamente que un caracol y una cucaracha. Se trata más bien de un juego de bloques. Ocurrió con las víctimas en Ucrania en 2022 o las de ayer mismo por la tarde, que valieron un poco menos que las de Irak en 2003. Los míos contra los tuyos. «Una muerte es una tragedia, un millón es sólo estadística». El «Y tú más», pero a nivel internacional.
Esta impostada ola de solidaridad de la izquierda occidental y sus patéticas performances están desviando el foco del problema. La inhumana ofensiva de Israel en Gaza es una barbaridad sin paliativos. Nadie en su sano juicio y libre de fanatismos blanquearía ni una de las bombas lanzadas en un colegio o en un hospital de la franja. Pero ocurre algo. El monopolio que esta izquierda de nuevo cuño ha hecho de la causa gazatí ha provocado que cierta derecha de corte liberal ignore el problema o no lo condene con tanto entusiasmo como diariamente lo hace con la tiranía de Maduro en Venezuela, la dictadura de China o el imperialismo de Putin. Cuando las posiciones se van al extremo, cualquier atisbo de sentido común puede ser percibido como un síntoma de tibieza. Y parece que en la batalla cultural, ser tibio es más contraproducente que ser manco en Leningrado.
El Gobierno de España también erró en los tiempos. Reconocer al Estado de Palestina tras la matanza fue una mezcla de maldad y estupidez. Pudo haberse hecho antes, no cuando la agenda lo demandase. En Israel no sentó nada bien. Y en el Mossad, la agencia de inteligencia detrás de la desarticulación de células yihadistas en nuestro país, tampoco. Con todo lo que ello implica. Tanto escoció que los diputados israelíes votaron reconocer a Cataluña, País Vasco y Andalucía como estados independientes en señal de irónica venganza contra el Ejecutivo de Sánchez.
Las posturas en Israel y Palestina están más enquistadas que nunca. A los judíos ultraortodoxos que tratan a los palestinos igual que los nazis los trataron a ellos hay que sumarles los integristas de Hamás y su cosmovisión de borrar a Israel hasta de los libros de Historia. Miedo contra odio. Al mismo tiempo, las voces a favor de los dos Estados en ambos lados se diluyen entre el eco de la metralla. Sin embargo, en esta ocasión, hay algo diferente: la globalización del conflicto ha polarizado tanto la situación que en España se ha leído en clave nacional. Y Spain is different. Los dos bandos irreconciliables se han adueñado cada uno de su causa, sin aceptar matices y reduciendo la cuestión a un juego maniqueo de buenos contra malos. No aceptan la complejidad del asunto, ni la apabullante gama de grises que lleva a un adolescente a poner una bomba a un autobús o a un militar a tirarlas sobre un parque infantil.
Mirar a otro lado ante las víctimas poco aprovechables políticamente arranca de cuajo toda autoridad moral que la izquierda aún se atreva a abanderar. Las costuras se están viendo. Que estos activistas con caché antepongan la ideología a los derechos humanos mientras agitan la pancarta de la igualdad y la ecoresiliencia alimentará el ego de sus adeptos, pero ya no engaña a nadie. Así que menos locos, Caperucita. En cierto modo, es entendible que la derecha se olvide de Gaza o la relativice hasta lo insustancial con tal de no bailar con la más fea. Aunque la Historia nos enseña que eso a menudo nos conduce a las listas negras y a los muertos en las cunetas.