Memoria es igual a rencor más terapia. La lengua española, siempre tan sabia, a veces necesita un poco de maquillaje. Por el qué dirán. Sobran los ejemplos: reducción de plantilla o ideal parejas para hablar, respectivamente, de despido o piso diminuto. Son palabras que usamos para autoengañarnos y de paso engañar al personal. Eufemismos los llaman, siendo este el eufemismo de mentira.
En los últimos años, ha proliferado una especie de eufemismo bastante dañino. Sobre todo para el sentido común. Me refiero, por supuesto, al periodista intrépido, raudo, al quite y siempre al filo de la noticia. Ese que se las sabe todas, que tiene más mili que el Capitán Trueno y fue tocado con el don de la ubicuidad. Se puede palpar su entusiasmo con un cruce de miradas. Madrugador y combativo. Qué podía fallar. Pero trae un asterisco: es de información selectiva. Tanto, que escamotea los matices o directamente los omite si la noticia no se adapta a sus intereses profesionales o, en la mayoría de los casos, ideológicos.
Es el tahúr de la información. El que te gana a la ruleta rusa con seis bulos en el tambor o sabe colarte un manifiesto con forma de reportaje. En España los tenemos a pares. Corretean con vulgar desvergüenza por esos mentideros donde algunos ilusos aún ubican la sede de la democracia. Los más profesionalizados, en cambio, están a un botón de distancia.
Ellos personifican el eufemismo de nuestros tiempos. Son periodistas que hacen las veces de activistas y activistas vestidos de periodistas. El segundo caso es el más habitual. Los más listos, a sueldo de los principales partidos políticos, han hecho de la militancia su oficio personal. Pasean por televisión su chabacanería disfrazada de cátedra y medran hasta tocar techo en la cantera de la algarada callejera con la ilusión de debutar pronto en las listas electorales del primer equipo. Otros sólo son los tontos útiles del Gobierno o la oposición. Aún así, casi por casualidad, de vez en cuando tienen razón. O no erran estrepitosamente. Son como un reloj parado que acierta dos veces al día.
Y, sí, puede que muchos os estéis preguntando por Vito Quiles. Entre otras cosas, porque encabeza el artículo. A decir verdad, el tipo me cae bien. Los tiene bien puestos y yo eso lo valoro. El autocontrol y temple que demuestra al ser increpado, a veces de forma violenta, es digno de estudio. Además, me ganó con el capítulo de Tom y Jerry que protagonizó junto a Gabriel Rufián. ¡Ojo! Eso no significa que esté de acuerdo con él, ni en el fondo ni en el estilo. Distinto es el caso de Silvia Intxaurrondo: mucho más paradigmático, mucho más caro. Y, por cierto, antes de que saquéis conclusiones precipitadas: la cosa no va de izquierdas o derechas. Wyoming lo hacía con gran talento en Caiga quien caiga, mientras que a Bertrand Ndongo su ceguera ideológica aún no le ha permitido diferenciar entre arrojo y simple impertinencia.
Cuidarse de ellos requiere ciertas dotes de filtración. En un mundo donde cada día cuesta más diferenciar el grano de la paja, la paparrucha (hay que recuperar esta palabra) está a la orden del día. Ya no sólo a golpe de clic, sino incluso en televisiones de esas que pagan los contribuyentes. Mientras tanto, es bueno cubrirse del fuego cruzado provocado por el lanzamiento de carnés de periodista, insultos y hasta de micrófonos. También, separar información de opinión suele dar buenos resultados. Cada medio tiene su línea editorial y en ellas se atrincheran los líderes mediáticos. De acuerdo, en eso consistía el juego. Sin embargo, cuando la opinión entra en metástasis, el periodismo se convierte en el reverso tenebroso de aquello con lo que alguna vez se comprometió: la verdad.
Así que voy a ir cerrando esto por hoy, no vaya a ser que empiece a contradecirme.