El 13 de julio de 1936, José Calvo Sotelo de Renovación Española fue acribillado a balazos por la Guardia de Asalto en Madrid. El asesinato ocurrió en represalia al del teniente José del Castillo, conocido por su militancia de izquierdas, al salir de una corrida de toros. ¿Quién lo hizo? Nadie lo sabe. Según algunos historiadores como Ian Gibson, fueron los carlistas, aunque otras fuentes señalan a los falangistas.
Es difícil saber quién pegó el primer tiro. El clima en España por aquel entonces ya era prebélico. Sea como fuere, aquel crimen colmó el vaso de la escalada de violencia que asolaba a todo el país. El desenlace, cinco días después, es bien conocido por todos.
En la actualidad, el contexto geopolítico es algo diferente. Sin embargo, hay un preocupante denominador común en ambas épocas que también contribuye a enrarecer el ambiente. Con el asesinato de Charlie Kirk, hemos asistido a la deshumanización de un oponente ya convertido en enemigo irreconciliable. El tono se ha elevado hasta romper los tímpanos. Ya no hay personas, sólo ideas. Y, como estas pueden ser buenas o malas, sería pues en beneficio de todos que las malas desaparecieran. Qué puede fallar. Poco importa que un hombre joven, padre de familia y con toda la vida por delante haya muerto de un disparo en el cuello a manos de un tipo de izquierda radical. Da igual las lecturas que se hagan. Era un fascista y punto. Un fascista algo sui géneris, a decir verdad, pues organizar debates, invitar a la gente a que le llevase la contraria y fomentar la confrontación respetuosa de ideas merecerían redefinir el concepto de fascismo.
No han sido pocos los que, en España, también se han apuntado a celebrar la muerte de Kirk. Son aquellos mismos que dan lecciones de moral cuando otro se atreve a cuestionar sus inmaculados dogmas. Es el virus de la política. Cuando llega, infecta a todos sin remisión. No entiende de clase social o número de carreras universitarias. El fanatismo deshumaniza a aquel que no piensa como uno y relativiza todo mal que sea ajeno. Convierte a intelectuales en delatores, a funcionarios en psicópatas y a tontos en tontos útiles. Lo he visto en personas cultas, leídas y viajadas. También en amigos y en familiares. E incluso en mí. Es ponerse las gafas de la ideología y lo que antes era razón se convierte en ceguera. El corazón cede ante las entrañas.
La política es el sustitutivo actual de la religión. Una religión que aún no ha sido reformada y que se comporta más como una secta. Hay, en este sentido, una frase que me preocupa sobremanera: «Al fascismo no se le discute, se le combate». ¿Qué es el fascismo: un término histórico o un significante vacío que puede cambiar según el interés del hablante? ¿Y qué es combatir: un simple eslogan o eliminar a todo aquel que piense diferente?
Algunos creen que hablar con alguien de ideas contrarias es darle alas al mal, sin saber que ese es el fin de la razón, del pensamiento y de la democracia. Tal vez, porque la alternativa se firma con sangre.
Estados Unidos es el faro de Occidente. Todo lo que pasa allí se reproduce conforme tiempo y forma en sus países satélites. Y en España se puede dar (de hecho, ya está ocurriendo) con un plus de intensidad. Es lo que tiene olvidar nuestro pasado más reciente. Hoy, esa memoria histórica tan manoseada como arma política es más necesaria que nunca. Sólo hay que darse un voltio por las stories y tuits de los activistas más combativos para ver el paralelismo con otra época en la que, mientras la violencia perpetrada por la banda terrorista ETA sumía en el caos a todo un país, algunos no lo celebraban en público porque todavía no existían las redes sociales.
La polarización en Estados Unidos y de un Occidente a rebufo del imperio cultural norteamericano ha generado un ambiente cada día más caldeado. Los excesos de la izquierda woke dieron el paso a la reactancia de la derecha identitaria. Luego, el volumen subió tres cuartas con el intento de asesinato de Donald Trump en 2024 y ha roto el altavoz con Charlie Kirk. En el caso del teniente Castillo y Calvo Sotelo, poco importa quién comenzó la espiral de violencia. Hemos pecado de resultadistas. Sin embargo, hoy, con independencia de si fue la izquierda o la derecha la primera en sacar los pies del tiesto, los tambores de guerra suenan con una similitud casi amnésica. Quizás estemos a una chispa de que todo se vaya al diablo. O tal vez ya nos hayamos acomodado demasiado para ni tan siquiera pensar en ello. Ver masas en lugar de individuos tiene una consecuencia: que tu enemigo tampoco te verá como como un individuo, sino como parte de esa masa despreciable que sólo merece ser eliminada. Nuestros abuelos lo pagaron caro. Que ese precio haya valido la pena.