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Nunca les quitó un minuto de sueño. Es más, algunos no sabrían ni situarla en el mapa. Menos aún Cisjordania. No están a favor de los derechos humanos. Tampoco han derramado una sola lágrima por ningún niño muerto, ni les conmueven los bombardeos israelíes sobre escuelas y hospitales. Esa es sólo su coartada para sentirse moralmente superior a la media. Quitémonos la venda. Gaza les importa lo mismo que el número atómico del polonio. No están con los palestinos, no. Sólo odian a España.

Y a Israel (no confundir con su Gobierno criminal), la democracia liberal, Occidente y todo lo que este representa. Sin más vuelta de hoja. Han convertido una causa justa en un meme. El boicot a la Vuelta a España ha rebasado todas las líneas rojas. Si es que alguna vez hubo alguna. La incitación a la violencia por parte del Gobierno será recordada con una mezcla de vergüenza y miedo; el aplauso cómplice de los paniaguados de turno, también. Se rasgan las vestiduras con el sufrimiento de los palestinos, pero poner en peligro la integridad física de unos ciclistas sin nada que ver en el asunto (o genocidio o como lo queramos llamar) es un daño colateral. No me cabe duda: llega a ocurrir en el Tour de Francia y guillotinan a Macron.

España no va bien. Si hay una inundación, el Ejército no llega; cinco meses después, nadie ha dado explicaciones sobre el apagón; y la falta de bomberos ha convertido a varias partes del país en pastos de las llamas. Nunca vi una movilización por los habitantes de la Palma que hoy, cuatro años después, aún viven en contenedores. El precio de la vivienda alcanza máximos históricos, tanto como una inflación galopante que cada día grava más la lista de la compra. El paro juvenil (y no tan juvenil) ha superado con creces los estándares de un país que se proclame del primer mundo. Cuando se señala la inseguridad en las calles, el Gobierno sólo ve xenofobia. Si se atenta contra la propiedad privada, silban y miran hacia otro lado. La sanidad no es ni la sombra de lo que una vez fue. Faltan camas y sobran listas de espera. El nivel educativo de los alumnos ha disminuido un curso con respecto a hace veinte años. Y la policía, atada de pies y manos frente a un contemplativo Ministerio del Interior, acusa la falta de recursos mientras esquivan las balas de los narcotraficantes.

Nunca fue el qué, sino el quién. La bandera, la kufiya y la pancarta son el carné de buena persona. Preocuparse por los problemas nacionales es fascismo; lo que ocurre en una playa al otro lado del Mediterráneo, altura moral. No hay nada detrás del eslogan. Son la máxima expresión del nihilismo ideológico. Levantan el puño sin saber que ese gesto en Gaza les valdría un pasaporte en la tumba; otros lo hacen mientras viven a todo tren en Hollywood gracias al capital judío. Se creen el secretario general de la ONU y no valen ni para presidentes de una comunidad de vecinos. Suplen la falta de valor necesaria para ir a Gaza y ofrecer ayuda humanitaria con una demagogia que ni ellos mismos entienden. Es la mayor secta de la que ningún Gobierno, democrático o autoritario, jamás haya formado parte. Y lo peor: están eclipsando a las buenas personas que defienden de forma noble y altruista todo el tema de Gaza.

Hace tiempo que enseñaron la patita. Apoyan sin reparos a la Cuba castrista, mientras cargan las tintas contra Estados Unidos; la URSS era una arcadia feliz y Occidente, el ogro; aplaudieron la llegada de los ayatolás en Irán y se manifestaron contra el sha; los crímenes de ETA nunca valieron tanto como los de la represión franquista; apoyaron el golpe de Estado en Cataluña, pues todo valía para acabar con la Constitución; torcieron el gesto con el envío de armas a Ucrania para defenderse de la invasión rusa y su silencio ante el infame atentado de Hamás en 2023 fue la peor de las respuestas posibles.

La izquierda tiene que hacérselo mirar. El viraje de muchos jóvenes desde posiciones progresistas hacia el liberalismo, el conservadurismo e incluso la extrema derecha es el colador de votos que su soberbia no les dejó ver. Pero eso no es todo. La justificación de la violencia puede abrir la caja de Pandora, dado que la derecha no responderá con hashtags, arcoíris o espacios seguros. Nuestro siglo XX así lo avala. Y Torre Pacheco fue bastante ilustrativo al respecto. Darle más valor a una lucha, por muy legítima que sea, que a una vida humana nos condena a una espiral de fanatismo que marcará el porvenir de varias generaciones. Hoy somos un barco a la deriva, cuyo capitán se ha conchabado con los piratas para saltar a bordo y pegarse el festín con él como anfitrión. La demolición controlada de España y sus instituciones va a dejar un cráter que ni el de los dinosaurios. Aún estamos a tiempo de evitar la tragedia.