Así podría haber sido Sevilla en la actualidad. No habría que echar mano de la inteligencia artificial ni abonarse a la ciencia ficción. Con pensar a largo plazo, hubiera bastado. Quizá por ello, hoy, más de treinta años después de la Expo, unas infraestructuras obsoletas, la escasez de inmuebles, recursos desaprovechados y un organigrama municipal centrado en el turismo de masas han anclado Sevilla al siglo XX.
Faltan varias líneas de metro, una mejora en las carreteras y, sobre todo, viviendas. Pero no hoteles, apartamentos turísticos, ni pisos de lujo. Casas y barrios. Y en Sevilla a ser posible. Confinar a la población en las afueras, con el consiguiente embotellamiento del tráfico que eso supone, funciona a las mil maravillas cuando la idea es convertir en un parque temático el centro, la Alameda y Triana. Sin embargo, hace sentir al sevillano como un extranjero en su propia ciudad.
La peatonalización ha disminuido la contaminación. Transformar las principales avenidas en paseos le ha dado un aspecto mucho más aseado a Sevilla, aunque a un alto precio. Nunca mejor dicho. Las aceras libres de coches han atraído a restaurantes y pubs. Lo mismo ha ocurrido con el aumento exponencial en las ofertas de ocio. Toda esa demanda alcista ha incrementado el valor de las viviendas. Y también se ha dejado sentir en los altos alquileres que han relegado a un segundo e insignificante plano las tiendas de toda la vida. Un fenómeno que los antropólogos llaman gentrificación. Si a eso le añadimos el comercio online y el estilo de vida actual, tenemos lo que tenemos: muchas croissanterías francesas y pocas tiendas de comestibles.
La densidad de población en algunos núcleos ha crecido en las últimas décadas. Y el espacio es el que es. Descartada la idea de invadir municipios colindantes, el cálculo aritmético no deja muchas más opciones: hay que crecer hacia arriba. Y es ahí donde surgen dos diques de contención. Entre quienes se aferran en que todo lo que no sea mantener el skyline del siglo XIX es especular y los que tildan de comunista cualquier iniciativa de vivienda pública, vamos bien servidos. Tampoco hay que olvidarse de aquellos sevillanos que por defecto se oponen a cualquier idea de progreso o avance, como si la mera idea de evolución supusiera traicionar la idea de sevillanía.
La Cartuja es un caso paradigmático. Y una oportunidad de oro perdida también. Tras los fastos de la Expo, las fases de crecimiento urbano llegaron tarde y mal. Se apostó más por el pelotazo y por sacarle tajada a los pabellones vacíos que por integrar el recinto a Sevilla. No se siguió el modelo de 1929. Los edificios se desmantelaron, otros quedaron oxidándose a la intemperie y no se anexionó de forma orgánica la Cartuja a Sevilla como sí se hizo con la Palmera después de la muestra Iberoamericana. Y de ahí estos lodos.
Aunque no todo ha sido malo. La Cartuja es sede de empresas punteras, instituciones y centros a la vanguardia en investigación. La mudanza del Betis al estadio Olímpico y la final de la Copa del Rey también le han dado algo de vida, pero el aspecto más de polígono industrial abandonado que de vergel nos hace mirar el pasado con nostalgia y el futuro con cierta incertidumbre.
Si Sevilla no fuera una ciudad a medio camino entre el atraso y el desprecio de propios y extraños, postales como estas sustituirían a planes municipales tardíos o directamente equivocados. El enclave vale su peso en oro. La ciudad necesita una isla de la Cartuja conectada a la Alameda, Triana y la calle Torneo, con más líneas de autobuses (y más versátiles), metro y cercanías. Un barrio con vida, empresas, historia y futuro.
Aún quedan descampados por edificar junto a ese cohete oxidado que aún anhela despegar y un canal seco donde ya sólo navega el recuerdo. Una zona que, en vez de albergar viviendas, bloques de varias plantas, barrios, tiendas, bares y parques en un entorno conectado con la Expo, pronto será colonizada por otro hotel pijo o un nuevo centro comercial que llegue tarde a la fiesta de la burbuja.
Pero no todo está perdido, pues siempre nos quedará ese tranvibús para tapar bocas y bloquear carriles. Y esa línea 3 de metro que oposita para sacarse la plaza allá por 2036. Así que tampoco nos quejemos.
Sin olvidarnos del melón de todo esto: el turismo. Ese elefante blanco en la habitación, ignorado por unos y demonizado por otros. Un fenómeno que puede aportarnos mucho, siempre y cuando no nos coma la tostada. A fin de cuentas, tampoco nadamos en petróleo. Ciudades como Roma se convirtieron en un escaparate con más de dos mil años de historia, mientas que otras como Cádiz, con su esencia intacta, son el espejo de lo que un día fuimos. De dónde venimos y el destino irremisible hacia el que nos dirigimos. Quizás en el término medio esté la virtud.
Toca pasar la página del siglo XX, pero sin dejar atropellarnos por el XXI. Sevilla sigue ahí, se siente el latido suave bajo una bella carcasa sin alma. La tendencia parece clara: los tiempos nos empujan a seguir la uniformidad de la globalización. O igual es el camino inevitable de toda ciudad que aspire a ser grande. ¿Hay alguna solución? La receta para solventar los problemas de nuestro tiempo parece simple: más sentido común y menos demagogia. Igual por eso nada es tan simple.