Entre el verano tardío de octubre y el calor primaveral, la Navidad deshace las maletas como un familiar que vuelve tras un año de viaje. El destino de esa travesía vale su peso en oro. Y es que, nada más llegar a Sevilla, nos recibe un repentino oasis de frío que nos vuelve a enseñar un capítulo inédito de esta serie conocida y ansiada a partes iguales.
Pasear bajo las fachadas empapeladas de luces y embriagarse con el olor a castañas es sumergirse en una festividad que nos aguarda con ilusiones y algún que otro sinsabor. Un binomio que aquí no iba a ser menos, pues en la brevedad de esta época tierna y cruel reside gran parte de su encanto.
Sevilla se viste de largo cuando, ya a finales de noviembre, ornamentos dorados brotan de las farolas. La avenida de la Constitución se transforma en un lienzo de estrellas, en una ciudad que cada año se parece más a todas y menos a ella misma. El epicentro de todo es la Alameda. Disfrazada de una Feria de Diciembre, su pista de hielo sustituye a los coches locos y los abrigos que en ella desfilan le ganan terreno a los trajes de flamenca. Norias al lado de las columnas, puestos de comida rápida y espectáculos de luces son la prueba de que la americanización de la Navidad ha llegado para quedarse. Si Sevilla se ha convertido en un parque temático, la Alameda es nuestra calle del infierno en versión navideña.
Los nuevos tiempos también han dejado su impronta en estas fechas. La gentrificación encara la vuelta con dos goles de ventaja mientras la música comercial de los pubs relega las zambombas a un segundo e irrelevante plano. Incluso las bebidas y dulces típicos han sido salpicados por una pátina de posmodernidad: aperoles y porciones de pizza miran con taimada indiferencia a los mantecados de Estepa, polvorones y a esa copita de anís que ya reluce en un tono sepia. Con una ciudad cada vez más orientada al turismo de masas, la imagen de esos abuelos yendo con sus nietos a las jugueterías se parece más a una foto del pasado que a una postal navideña. En este sentido, no resulta raro ver cómo, desde la plaza de San Francisco, aquel escaparate de la juguetería Cuevas, que un día reflejó la ilusión de los niños, hoy observa los leds y mappings proyectados en las paredes del Ayuntamiento.
Es allí, en el arquillo, lugar de tránsito y leyendas, donde se congrega una multitud para contemplar el Belén a cuyos pies se alza el árbol de Navidad que preside la plaza. A su alrededor, las bullas del centro toman un matiz distinto al de Semana Santa. Los allí presentes se ponen bufanda y chaquetón para presenciar un nacimiento que meses después mirará a Sevilla bajo el antifaz de la penitencia.
Comidas de Navidad, colas para la lotería y tiendas haciendo su agosto invernal hacen de este mes un festival de frío para todos y un escenario de hipocresía para otros tantos. Y ahí volvemos a la Navidad de siempre. Al pasar por la cola que pastorea los puestecillos de figuras junto a la Catedral, nos vienen a la mente recuerdos de otra época. Una en la que el tiempo no se ha movido ni una micra.
Entonces nos sumergimos en una ciudad en miniatura y Sevilla cambia de escala. Riachuelos, posadas y ovejas de barro cobran vida ante la mirada del vendedor, el joven comerciante o el imaginero de barba canosa. Un hilo musical con villancicos acompaña la partida de ese animalillo o caganer a punto de salir al mundo real. Una aventura incierta en la que se embarcará a la misión que su destino le encomendó.
El chiquillo ve con ojos candorosos cómo sus padres pagan ese niño Jesús o rey mago que reinará en el pesebre. Lo adelantará un centímetro cada mañana, camino al portal de Belén, en una sincronía perfecta que desembocará el día de Reyes. Sin saberlo, en el barro hueco que tiene entre las manos quedará patente una parte de su infancia en la que jugará toda la vida.
La huella del artesano, aquella que la hace única, adquirirá una nueva dimensión en el hogar al que vaya a parar. Bajo las luces del portal, la figura colorida poblará álbumes familiares y recuerdos. La expresión fija de esos ojos azabaches de pincel verán el transcurso natural de la familia, las llegadas, ausencias y el irremediable paso a la edad adulta.
El final de la Navidad es una resaca anunciada con un mes de antelación. Guirnaldas polvorientas y cajas de cartón apiladas en los contenedores marcan el epílogo de las fiestas. Mientras la pendiente de la cuesta de enero se alza imponente ante nosotros, los adornos enfilan para hibernar en el trastero, a la espera de un retorno que, no por anunciado, renuncia a ser anhelado. De nosotros depende disfrutarlo o dejarlo en letargo.