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Tras cuarenta y siete años de tiranía teocrática, las protestas masivas en la República Islámica de Irán han hecho temblar los cimientos del régimen de los Ayatolás La imagen de las mujeres sin el velo encendiéndose un cigarro con la foto de Jamenei envuelta en llamas aspira a ser la fotografía del año. Y eso que aún estamos en enero.

Todo cambio radical es dramático. Tampoco hay revoluciones pacíficas. De momento, ya son más de seiscientos los muertos tras la represión de la policía iraní. Otras fuentes elevan esa cantidad por encima del millar No se sabe a ciencia cierta cómo terminará todo. Hay quien dice que el Ayatolá acabará exiliado en Moscú. Por su parte, refugiados iraníes en monarquías europeas no ven con malos ojos la vuelta de los Pahlaví al trono.

¿Cuáles han sido los motivos de estas movilizaciones? Aún es pronto para hablar de protesta o revolución. Sólo la Historia lo dirá. Sin embargo, no hay que pasar por alto las circunstancias. El poder adquisitivo del iraní medio ha disminuido un 90% en los últimos nueve años y el rial es papel mojado. Hay pocos recursos y mucha corrupción. Si la pobreza, la elevada inflación en Teherán y la falta de agua han sido los principales detonantes, la discriminación de las mujeres, quienes son víctima de un estricto código moral y religioso, fue la llama. Pero hay más factores.

Aunque el país está bañado por el mar Caspio y el golfo Pérsico, los iraníes han visto cómo las cuentas no salen. Orientar toda la economía en financiar a Hamás en Gaza, Hezbolá en Líbano, a los hutíes en Yemen, antes a al-Ásad en Siria o a cualquier guerrilla con los ojos puestos contra Occidente son elementos que no sintonizan con la mentalidad de sus ciudadanos.

Hay que tener en cuenta un dato clave: el 50% de la población iraní es menor de treinta años. Y eso facilita las cosas. A la falta de memoria con los métodos de la policía política del sha de Persia, hay que sumarle el bagaje cultural de una civilización milenaria. Por ello, convertirse en una teocracia integrista tampoco combina con la cultura de aquella nación.

Irán tiene más de 2.500 años de historia. En los setenta alcanzó un alto grado de desarrollo y de igualdad de derechos, que hasta entonces eran impensables en esa zona del planeta (sólo con la excepción de Israel, y no en todas las ciudades).

Nadie pensó que un país que en 1971 celebraba dos milenios y medio de una monarquía que parecía imperecedera se convirtiera en uno de los principales patrocinadores del integrismo chií más radical

Pero Irán sí es una nación acostumbrada a las ocupaciones. Aunque se mantuvo neutral en la Segunda Guerra Mundial, el sha Reza Pahlaví tenía vínculos económicos con Alemania y Japón. Por ello, los Aliados temieron una alianza persa con las potencias del Eje.

Además, la amenaza del corte de suministros por vía marítima en esa posición geoestratégica en el corredor entre Oriente Medio y Asia Central llevó a la URSS y al Reino Unido a ocupar la zona para controlar las rutas comerciales hacia la India británica.

Aún hay más. El reguero de enfrentamientos con Israel también ha hecho mella. Y más en aquel contexto.

Nadar en un lago de petróleo y ser uno de los pocos Estados de la zona que tenía una buena relación con los israelíes (recordemos que Irán fue el segundo país islámico en reconocer a Israel, en 1950, tras Egipto) le hubiera otorgado una pingüe relación comercial. La guerra, sencillamente, no sale rentable a largo plazo

¿Y qué pasó en 1979? Jomeini infiltró en la policía política del sha a los comunistas iraníes para derrocar a la monarquía.
Pero el Islam no es compatible con la democracia, ni con el comunismo. Ese extraño híbrido tampoco duró mucho. Cuando se impuso el nuevo régimen, el Ayatolá tenía localizadas a todas las células de extrema izquierda que le ayudaron a alcanzar el poder. El resultado fue un baño de sangre.

El argumento empleado entonces por la izquierda para justificarlo era la alianza entre la monarquía iraní y Estados Unidos. Cuestiones freudianas aparte, hoy los comunistas europeos miran hacia otro lado mientras las valientes mujeres iraníes se la juegan por defender sus derechos. Un silencio que denota ignorancia, amnesia deliberada e hipocresía.

La libertad es el estado natural del individuo. Todo régimen tiránico nunca podrá contener para siempre el curso inalterable del libre albedrío. La naturaleza humana no entiende de grilletes. Siempre tiende al caos, a su máxima entropía.

Los últimos días en Irán están siendo decisivos. El descontento ha despertado el sentimiento monárquico, como prueban algunas banderas exhibidas en las manifestaciones. ¿Marcarán estar jornadas el futuro de los persas?