Ha ocurrido en muchas ocasiones. Una de las más sonadas fue en 1912. Durante el viaje inaugural del Titanic (y el último), Bruce Ismay, presidente de la White Star Line, presionó al capitán Edward J. Smith para que aumentara la velocidad del barco. «Este viaje del Titanic tiene que salir en titulares» Con esa frase lo inmortalizó James Cameron en su célebre película de 1997. El desenlace es bien conocido por todos. Bruce Ismay consiguió sus tan anhelados titulares.
Hasta el momento, la tragedia de Adamuz se ha saldado con 45 víctimas mortales. Y la investigación sigue en marcha. Todo lo que se afirme aún es especular. Sin embargo, conviene recordar ciertas afirmaciones y salidas de tono. Son ese tipo de declaraciones que, de natural, pasarían desapercibidas. Quizá por ello sólo necesitan una desgracia así para pasar a la posteridad.
Las solemos achacar a la vanidad, al orgullo y a la soberbia. Tal vez, a una peligrosa combinación de todas ellas. O a la siempre reconfortante sensación de creernos por encima del bien y del mal. De creernos capaces de hablarles de tú a tú a la riada, al terremoto, al meteorito o el volcán. Anteponer unos cuantos siglos de avances tecnológicos por delante de la fuerza destructiva de la Naturaleza es, en definitiva, una divertida forma de jugar a ser Dios.
Pero Óscar Puente no es Dios. Sólo es un simple político. Un pobre hombre que obedece a unas siglas y que, a buen seguro, no será merecedor ni de un nanosegundo en las páginas de la Historia. Tal vez, ni en las de su propio partido.
Ministro avezado en las lides de Twitter, suyo es el arte de bloquear cualquier foco de crítica o de actuar como el sparring virtual de ese escaño al que se agarra como un náufrago a merced de la corriente. Su media diaria de posts y retuits bate los récords de cualquier político registrado en la red social de Elon Musk. Todo en él es poético. Incluso se permite la deferencia de opinar sobre el aspecto físico de los demás.
Pero, tras el accidente, su tono ha cambiado. Es solemne, dócil, taimado. Y respetuoso. Hasta llamó por su nombre de pila al presidente de la Junta de Andalucía. No lanza dardos, fotos de narcotraficantes, ni cadáveres en residencias. Habla como si le fuera su futuro político en ello (tal vez, porque se lo juega), sin levantar el tono dulce y melódico, con ese talante fingido y bien labrado en la política municipal.
Lo hace con el semblante compungido y el rostro cariacontecido. Es normal. Ante todo, es un ser humano al que el destino ha colocado en la primera línea de la actualidad más luctuosa. Pero ese no es su hábitat natural, lejos de la retaguardia, donde hace lo que mejor sabe hacer: defender con uñas y dientes unos ideales a los que se ha hipotecado para medrar en su partido como lo podría hacer en cualquier otro . Para ello, no hay mejor lugar que la comodidad del despacho ministerial, cómodo y con calefacción central. Peinado, con traje y corbata. Y con ese coche oficial y secretaria que tanto echa en falta Ábalos. Como se dice en la película Atrapado por su pasado: Hay caras que no encajan con ciertos uniformes. E igual por eso se le nota raro con ese chaquetón de faena tan impropio de un ministro.
El siniestro sólo ha podido tener dos causas: la vía o el tren. No es cuestión de gustos, trincheras o afinidad ideológica. Sólo de hechos. Si el responsable fue el mal estado de la infraestructura, Adif (o sea, el Ministerio de Transportes) tendrá que asumir responsabilidades. En el caso de que fuera el tren de Iryo, todo recaerá sobre dicho operador privado. No hay más.
O, tal vez, sí. Un accidente suele ocasionar la quiebra de una compañía. Ocurre con las aerolíneas, pero también con las empresas ferroviarias. Costear seguros, pagar indemnizaciones millonarias y ver cómo tu reputación se va por el desagüe suponen la ruina para cualquier empresa cuyo capital proviene de los accionistas. Gente, por lo general, con menos recursos que el Estado.
Iryo es una empresa semipública. El 45% pertenece al Treintalia, la equivalente a Renfe en el país transalpino. El valor del Frecciarossa accidentado es de unos 38 millones de euros. La flota completa asciende a nueve ceros. Si el peritaje no es favorable a la entidad italiana, el proceso judicial podría durar años. El dolor de los damnificados, no obstante, será eterno.
Aunque sí hay datos contrastados. El temblor de los trenes y el traqueteo de los convoyes es constante. Así lo han registrado multitud de usuarios. Por si eso fuera poco, cada día descarrila un nuevo tren, otro choca con una grúa o una locomotora termina aplastada por un muro de contención. El caos ferroviario en España es otro síntoma del colapso del Estado. Y, mientas, Adif se lava las manos como Pilatos, encasquetándoles el marrón a las subcontratas de bajo coste encargadas del mantenimiento. Lo hace como un gato panza arriba. Rebajar a 160km/h el tramo comprendido entre Madrid y Barcelona es sólo un parche. Como si hubiera tenido que ocurrir una tragedia así para evidenciar las carencias de las infraestructuras. Al final, no va a ser lo mismo un tren de alta velocidad que un tren a alta velocidad.
El AVE era la joya de la corona. Una de las pocas cosas que funcionaban tan bien en España que hasta la exportábamos. Incluso Renfe devolvía el importe íntegro del billete en caso de retraso. Hoy eso ni se contempla. Hasta hace unos meses, Renfe y Adif salían en las noticias más por chicas de compañía y exministros encarcelados que por su labor ferroviaria. Aún hay más. Los españoles nunca hemos pagado más impuestos, pero recibimos menos servicios. Estaba claro que la tragedia era sólo cuestión de tiempo.
No les quepa duda. Se escudarán en el balasto, el pantógrafo, la catenaria, los bogíes, en el neoliberalismo o hasta en el Orient Express. Tiempo al tiempo. Porque todo vale para confeccionar un relato que los exonere. Cuando hay otro color político en el poder, por incompetente y negligente que sea, todo son reproches; en caso contrario, sólo enarbolan la bandera blanca y ruegan compasión.
Aún es pronto para señalar a culpables, pero sí hay responsables políticos. Y frases que perseguirán a uno hasta el día en que firme el epitafio de su carrera política. «El sector ferroviario pasa por su mejor momento». Igual no era tan bueno, pero lo único seguro es que sí salió en titulares.