El coloquio Letras en Sevilla sobre la Guerra Civil ha sido suspendido. No ha sido por la nieve, las intensas lluvias ni por un apocalipsis nuclear, sino por algo incluso más previsible.
El anuncio se hizo oficial el miércoles por la tarde, aunque la polémica venía gestándose desde hacía unos días. El escritor David Uclés y Antonio Maíllo, coordinador federal de Izquierda Unida, se bajaban del barco. El motivo era la presencia de José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros en el acto. Y ya se sabe. Las ideas se contagian. Uno coincide con alguien en sus antípodas ideológicas y acaba succionando todos sus pensamientos. Sin darse cuenta. Casi por ósmosis.
Según el comunicado oficial de la Fundación Cajasol, el motivo era la caída de varios invitados. Sin embargo, horas después, Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra, organizadores de las jornadas, matizaban un detalle extra: la presión ejercida por Podemos y varios grupos de ultraizquierda afines que tenían la sana intención de boicotear el evento.
Al poco, lo celebraba Uclés, chato en mano y comiéndose sus propios signos de puntuación. Lejos de la primera línea del frente, refugiado al otro lado de su pantalla. Así comenzaba el preámbulo de su propio espectáculo, uno donde el victimismo, el revanchismo naif y el postureo cotizan al alza. Mientras, se regocijaba, dándose palmaditas en la espalda, con ese skin de olivero de Malasaña tan de 2014 y bajo la sombra de su propia boina en la que sobra espacio para la profundidad de sus pensamientos. Con post y todo. Porque irse sin hacer ruido es como quedarse recluido en un rincón de pocas luces.
Él lo sabe, al igual que sus viejos seguidores y nuevos detractores. No bastaba con haber rechazado acudir al acto desde la libertad que le amparaba para ello. Tampoco con educación y cosas así tan decimonónicas. No. Tenía que lucirse, ser el protagonista de un acto al que no iba a ir y señalar a quienes habían tenido la amabilidad de invitarle. Para colmo, se vanagloriaba rematando el despropósito con un brindis por haber contribuido a la suspensión de un debate en el que el gran perdedor hemos sido todos. Lo hace, tal vez, desde la osadía de la ignorancia, sin saber que discutir con alguien no es comprar su discurso de forma acrítica. Y que las palabras no hacen daño, ni siquiera las escritas por David Uclés.
Esclavo del aplauso fácil, no quería debatir sobre la Guerra Civil, pero no ha estado satisfecho hasta montar su propia guerra civil. Un numerito para ganar una batalla que sólo le importaba a él. Porque todo en Uclés es impostura. Y atrezo. Desde ese cordel para sujetarse los pantalones y su falsa modestia, hasta esas poses fingidas de intelectual de mercadillo. Sus gestos de fantoche le delatan. Se cree Unamuno, pero ni vence ni convence, pues está tan seguro de sus propias ideas que no se atreve ni a ponerlas en cuestión ante quien ose llevarle la contraria. Es el fenotipo de intelectual de trinchera moldeado por el sanchismo: de gesto sensible, aunque altanero, puño de hierro y mandíbula de cristal. Un ejemplar de esta izquierda endogámica confinada en su cámara de eco y dispuesta a olerse sus propios pedos. Un adolescente crónico. Alguien tan seguro de su personaje, y tal vez sólo de ello, que se cree capaz de ganar una guerra noventa años después con una actitud que sólo delata una enorme necesidad de casito.
Pero David Uclés se ha pegado un tiro en el pie. Y casi seguro que no se ha enterado. Más allá de la antipatía que haya generado en potenciales lectores, con esta performance ha sembrado una mina en su propio territorio. Sin saberlo, celebrando la suspensión del debate, ha conseguido que esa libertad de expresión que todo escritor necesita como el oxígeno se haya visto mermada. Va a ser cierta, a fin de cuentas, la frase de Arturo Pérez-Reverte: «Si juntas a un malo con mil tontos, tendrás mil y un malos».
Sin embargo, tampoco carguemos todas las tintas con él. David Uclés sólo es un síntoma de la deriva totalitaria, demagoga y liberticida de la izquierda, cuyo retroceso cultural e intelectual en la última década es más que una realidad. Creíamos entonces, ilusos, que quien piensa de forma diferente no pretende destruirte. Qué tiempos. Incluso a estas ponencias asistió en una ocasión Almudena Grandes. Fue en 2017, tras el octogésimo aniversario de la contienda, pero parece que ha pasado un milenio. Los más agudos lo llamarán progresismo.
Polvo, ceniza y humo. En eso se han convertido los que una vez se llenaron la boca con la bandera de la tolerancia y la pancarta de la libertad. No es esa la izquierda que yo conocí, hace ya algún tiempo. O es que, tal vez, era muy ingenuo. Quizá fue esa una de las causas por los que tantos de mi generación nos bajamos de ese carro. Y es que la escalada radical, censora y violenta de este tumor social empieza a dar miedo. Este hatajo de intransigentes, soberbios y sectarios con una mediocridad intelectual directamente proporcional a su vocación inquisidora lo ha hecho: contribuir a enrarecer el ambiente y a enfrentarnos. Otra vez. Sí, los mismos que luego pretenden darnos lecciones de memoria histórica.
Hoy, cerca de un siglo después, la Guerra Civil vuelve a estar en el foco de la polémica. Todo es irónico. No hay checas en Paracuellos, ni aviones de Franco asesinando a mujeres y niños inocentes. Sólo un debate que nacía con la intención de reunir puntos de vista distintos y que se ha saldado en una desagradable discordia. Tres años duró nuestra guerra, pero algunos se empeñan en que siga siendo eterna.