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Era previsible. Pablo Iglesias ha rechazado la invitación de Arturo Pérez-Reverte para acudir al Letras en Sevilla de la Guerra Civil, ya reubicado en otoño. El fundador de Podemos ha dicho en el programa de Jesús Cintora, literalmente, que no acudiría a debates organizados por propagandistas de la ultraderecha, pero que estaría encantado de hacerlo en un espacio democrático como RTVE.

Y se me ha venido a la mente aquel enfant terrible que a tantos nos engañó allá por 2014. Cuando bajo aquella coleta al viento muchos vimos un soplo de aire fresco. Algo nuevo. E incluso punk. Esas papeletas con la cara de un irreverente profesor con coleta habían sido impresas para dar un giro a la política española. Aunque al final el tiempo demostrara que ese giro lo fuera para él y su séquito de arribistas. El contexto se lo puso fácil. Los constantes casos de corrupción del PP, un bipartidismo añejo, la crisis y el paro abonaron el terreno para que germinaran los populismos. La ultraizquierda le cogió carrerilla a la ultraderecha y, cuando quisimos darnos cuenta, ya todos formaban parte de nuestro ecosistema político.

Pero los tiempos han cambiado. Y Pablo Iglesias ya no se engaña ni a él mismo. Con ese tono solemne de monaguillo reprimido, delata al comisario político que siempre llevó dentro. Acarició el poder, aunque ser el segundón le aburrió pronto. Aquel abrazo con Sánchez fue el prólogo de una puñalada rubricada en forma de coalición coyuntural. Confinado en la trastienda de la burocracia por el Gobierno y luego por la pandemia, vio que la retaguardia de la política no era su sitio. El barro, la agitación y el activismo donde había echado los dientes le echaban en falta. Y no era para menos. Domesticar a todo un revolucionario en una vicepresidencia ad hoc fue una bonita forma de matar de inanición su sueño de asaltar los cielos. Luego, vino la resaca. Y tanto o más harto acabó él de sí mismo como todos los que ya le vieron los conejos en la chistera.

Las cosas que pueden ir mal terminan siempre peor, y a Pablo Iglesias también le crecieron los enanos. No tenía controladas todas las variables el Maquiavelo de Galapagar después de todo. Tras salir escopetado del Gobierno, se presentó a las elecciones autonómicas de Madrid, al igual que quien acude a una cita con un antiguo amor no correspondido. Algo así como una táctica desesperada de un viejo galán al que la vejez le ha arrebatado los encantos. Si es que ya le quedaba alguno. Aquella jugada la hizo más por inercia y protagonismo que por táctica política. Y por el camino cometió un error de cálculo llamado Sumar, que tan caro le salió que a él lo restó de la política en activo.

Elevó el nepotismo a una dimensión hasta entonces desconocida, traicionó a muchos de sus viejos amigos y cosechó nuevos enemigos. Los más ingenuos no lo vimos venir hasta tenerlo encima. Pudo engañar a unos pocos un rato, pero no a todos todo el tiempo. De forma progresiva, como un lagarto que muda la piel, fue enseñando las costuras: el Procés, el feminismo radical, su postura con la invasión de Ucrania. Y algo a priori baladí, pero que a tantos afectó en esta piel de toro: el chalé.

Lo de cortarse la coleta fue su forma de desmelenarse. Y eclosionar del capullo. Perdió esa frescura que lo encumbró, sí, pero con ese nuevo look de estalinista de oficina, empresa, hijos en la escuela privada y más metros cuadrados en su haber que los permitidos por tres sueldos profesionales ya podía dedicarse con la careta quitada a todo lo que siempre quiso hacer: enredar.

Para algunos será una carambola del destino o una broma que ya hace rato que dejó de tener gracia, pero el viraje de Sánchez hacia la versión más hipervitaminada de su propio personaje (no se me ocurre un término más suave) le vino bien a Pablo Iglesias. Ahí, coronado el rey sin trono del espacio ideológico a la izquierda del PSOE, se siente que campa a sus anchas con la impune desvergüenza de haber contribuido a hacer de España un país mucho menos vivible. Mantiene, eso sí, a sus papistas, las coletas viejas, esos que comulgan con ruedas de molino, reproducen su venenosa cursilería o le ponen si hace falta veinte asteriscos a la redistribución de la riqueza con tal de asegurarse un carguito. Hay de todo en este selecto grupo, desde obedientes profesionales, inútiles que aplauden hasta sus berridos, sectarios y oportunistas con nómina o simplemente tontos útiles.

Pablo Iglesias tuvo tiempos mejores. Ya sólo es un meme. Un reflejo desdibujado donde aún se vislumbra la ambición de todo cuanto un día deseó y que él mismo devoró. Hoy, tras la cortinilla de Canal Red, o de la enésima taberna franquiciada o refugiado tras esa horda de bots en su checa virtual, se dedica al noble arte del señalamiento. Ve fachas, nazis, fascistas y ultraderechistas casi tan bien como proyecta sus complejos totalitarios. Eso cuando no lanza micrófonos a activistas disfrazados de reporteros o descalifica a influencers veinteañeras por prepararle la cena a su novio.

Es de la estirpe de los sectarios, de los hombres entregados a una sola causa, dispuesto a morir por ella y emprenderla a pioletazos con quien se le ponga por delante. Con tal fin, intoxica a quien no le dore la píldora o suscriba su discurso revolucionario y friki. No cambió, siempre fue así. Sólo que ya no le hace falta fingir. Se vistió con piel de cordero el tiempo necesario para ascender a la primera división de la política, escondiendo sus vínculos con dictaduras caribeñas, teocracias o con el mismísimo Kremlin, y consiguió un meritorio ascenso para descender al año siguiente como el farolillo rojo. Años después de su época dorada, se agarra al recuerdo de lo que pudo ser mientras intenta reanimar sin éxito el cadáver exangüe que es hoy Podemos.

Para eso ha quedado. Quería hacerse con ese cuarto poder que son los medios de comunicación y de momento ya tiene un canal en YouTube. Roma no se construyó en un día. Igual nunca pensó en ello cuando aterrizó en la política parlamentaria para hacer historia y acabó más pronto que tarde siendo historia. Iba para el Rupert Murdoch de la izquierda, un Ferreras con esteroides o incluso más. Pero no va a debates. Aquel que se vanagloriaba de cruzar las líneas enemigas e iba a Intereconomía o invitaba a Abascal y Díaz Ayuso a La Tuerka hoy manda turbas a boicotear jornadas literarias sobre la Guerra Civil. Lo hace sin sonrojarse, con el mismo temple que te montaba un Paracuellos sin despeinarse, ladrando en la ida desde ese búnker que es RTVE, pero luego se queda viendo la vuelta en su chalé. A fin de cuentas, las revoluciones se hacen mejor con la calefacción puesta.