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AAAAA ESTA ES

Hoy, permitidme, me salgo del guion habitual. Mientras escribo estas líneas, ya son 39 los fallecidos tras el descarrilamiento de dos trenes en Adamuz, Córdoba. Una cifra que, previsiblemente, es posible que aumente en las próximas horas.

Ocurren de vez en cuando. Son esos zarpazos de realidad los que nos noquean para recordarnos la fugacidad de la vida. De lo que es, lo que no fue y nunca será. Un drama así nos enseña la poca importancia de aquello que creemos vital y, en realidad, no lo es. O que, cuando pensamos que sabemos todas las respuestas, la vida nos cambia las preguntas.

También es un momento de recordar la futilidad del destino, ese ente caprichoso capaz de mover las manijas a su antojo para que todo vaya mal en esos segundos clave en los que nada debe ir mal. Simplemente, sucede. Llamémosle azar o fatalidad. Eso ahora mismo carece de interés. Y es que cualquier plan de futuro puede caducar en un abrir y cerrar de ojos.

Porque en tragedias como esta, cuando la vida se sale del carril cómodo y seguro en el que creemos viajar, sentimos el témpano en el cogote. El de la incertidumbre, el no poder controlar las variables que operan a nuestro alrededor sin pedirnos permiso. O de pensar, ingenuos, que lo tenemos todo bajo control sin darle a la mala suerte la importancia que se merece. Nunca pensamos en todo eso, y es normal. La vida no va de ser pesimistas, pero siempre es bueno tener en cuenta a los estoicos: hay cosas que, sencillamente, no dependen de nosotros.

La Historia, con mayúscula, no es más que una concatenación de historias. El número frío, el guarismo o la cifra en un informativo dejan de ser eso cuando le ponemos cara. La niña que no tiene noticias de sus padres, la chica que ha perdido a su perro, la familia que busca a un ser querido en los hospitales cercanos. Todas ellas.

También hay protagonistas y gente con ganas de protagonismo. Porque toda tragedia tiene múltiples aristas. En ocasiones como esta, cómo no, surge el que siempre da rienda suelta a conjeturas, conspiraciones e hipótesis que su soberbia eleva a la categoría de teoría. El escenario es ideal para sumarse al like fácil, a la foto que sólo aporta sensacionalismo o a defender la causa política que hoy no vale nada. Si es que alguna vez valió algo.

Ha sido un duro golpe para la alta velocidad española, aunque no tanto como para las víctimas y sus familiares. Creo que el mejor regalo que se le puede hacer a todas ellas es la prudencia. Hoy, ante las preguntas de las causas del siniestro, es el momento adecuado para darle a la honestidad el valor que se merece y hacer algo que quizás muchos hemos olvidado: decir no lo sé. José Ángel Ríos.