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Hay historias que deben continuar por el bien del fútbol. La de Antony y el Betis es una de ellas. Y es que el culebrón del verano ha tenido un final feliz. Tras unas duras negociaciones con el Manchester United, Antony es nuevo jugador del Betis. El resto ya es historia de este maravilloso deporte.

La jornada de ayer se recordará por muchos años, pues habría que remontarse muy atrás en el tiempo para encontrar el caso de un futbolista de esta categoría que haya rechazado ofertas tan suculentas para volver al Betis. Antony lo hizo. Mientras el interés de grandes clubes se amontonaba como juguetes viejos, la incertidumbre de la hinchada verdiblanca se transformaba en ilusión a medida que pasaban las horas.

Todo parecía orquestado por un malabarista del guion, cuyos giros se sucedían uno tras otro: el Manchester United rechazó otra cesión y, más tarde, el Betis lanzaba una oferta. Los ingleses alzaron la ceja y luego miraron el reloj. Castigar al jugador con la grada parecía más una bravuconada en caliente que una intención razonable. Y cuando los mancunianos aceptaban otra puja heliopolitana, propusieron que, si el brasileño no les perdonaba los siete millones que aún le debían, dicha cantidad fuese abonada por el Betis. Una piratada de última hora que podía enviar la operación al traste.

Circularon también informaciones contradictorias de distintos grados de fiabilidad. Periodistas sevillanos invitaban a no echar las campanas al vuelo, mientras Fabrizio Romano lo daba como hecho al setenta por ciento. Canal Sur lo confirmaba, poco antes de que en Inglaterra lo corroborasen. En los mentideros de Triana, alguien dijo que había visto cámaras en el Altozano y todos veíamos cómo Antony ponía misteriosos mensajes en Instagram. Y de postre, Adrián y Bartra alimentaban el salseo con un delicioso helado de verano.

Sobre la bocina, todo pendía de un hilo. Diversas fuentes lanzaban la bomba en la jornada de ayer e incluso se filtraban las cifras del traspaso: 22 kilos más tres en variables y la mitad de la plusvalía para las arcas de Old Trafford en caso de una futura venta. Un buen tanto para la dirección deportiva del Betis.

Una vez leí que, aunque el fútbol no existiera, habría béticos. Algo así pensarían los quinientos aficionados que anoche se agolpaban junto a la terminal del aeropuerto para coger el mejor sitio, mientras contaban los minutos hasta que las puertas se abrieran y recibieran al ídolo prometido. La espera mereció la pena. Antony salía triunfal al más puro estilo de Bienvenido, Mister Marshall, pero camino a Triana.

La estampa parecía sacada de los años noventa, aunque los rectángulos luminosos que salían de la multitud para inmortalizar el momento devolvían la imagen a la actualidad. El tráfico rugía y las banderas ondeaban al viento de la noche sevillana. Y entre el júbilo, Antony se asomó por la ventanilla del coche, con los brazos en alto, mostrando la sonrisa que el Betis le devolvió, para oír el cántico: ¡Es de Triana, Antonio es de Triana!

La presentación no ha sido para menos. En el restaurante Abades, Antony posaba con las trece barras en loor de multitudes. Lo hacía desde esa tierra adoptiva a cuyo nombre se debe, desde un marco incomparable, con la Torre del Oro al fondo e incluso apoyado por una legión de aficionados que se han embarcado, literalmente, para darle la bienvenida desde las aguas del río Betis.

La operación ha sido una deliciosa mezcla de entusiasmo, picaresca y balances de cuentas. Aún no somos conscientes de la dimensión de este fichaje y quizás sea pronto para vaticinarlo, pero el aterrizaje de Antony en Sevilla se recordará igual que la llegada de Denilson en el verano de 1998, cuando Lopera rompió el mercado ante el asombro de propios y extraños. Hoy el Betis lo ha vuelto a hacer. En un fútbol cada vez más copado por cifras mareantes y contratos fríos, el Dios del fútbol nos ha recordado que los finales felices no son sólo cosa de la literatura o el cine. En condiciones normales, que el Betis aspire a un jugador de la talla de Antony sería impensable, pero pocos saben que el Betis no es algo normal.