No es la Cuaresma, el Domingo de Ramos, ni el Corpus. Es 1 de marzo y Sevilla amanece bajo un sol de justicia. Por la tarde es el derbi, pero antes hay una cita ineludible en la agenda. El Vizcaíno cumple noventa años. Casi un siglo y ahí sigue, sin la menor intención de jubilarse y celebrándolo como un chaval, desde ese rincón inmortal de la calle Feria.
Banderas amarillas estampadas con un noventa carmesí nos escoltan por el camino. La plaza de Montesión bulle de camisetas rojas y verdiblancas arremolinándose entre cervezas y tapas. En esta calle nació Juan Belmonte, el Jueves colecciona siglos y el Señor desfila hacia la Oración en el Huerto. La cita no pilla desprevenido a nadie: desde parroquianos y forasteros, hasta alguna que otra cara conocida entre la multitud. Los más puntuales celebran haber llegado a tiempo. Otros, en cambio, buscan un hueco entre los taburetes mientras ven cómo un coche despistado aminora la velocidad al pasar junto a ellos.
Vasos de tanque, bolsas de papas y olores de la infancia. El Vizcaíno no sólo se percibe por los sentidos. Quizás por eso, nada más entrar, uno sabe que ha llegado al lugar correcto. Porque nunca hace falta una excusa para tomarse una cervecita en el Vizcaíno. Ni siquiera cuando la hay. Y hoy todos están invitados al cumpleaños de esta taberna que ya forma parte de todos nosotros. Una fiesta que nadie quiere perderse: vecinos, gente de paso y hasta aficiones rivales unidas por una misma causa.
Encontrar sitio en la barra es misión casi imposible, pero la maquinaria funciona a pedir de boca. Nunca mejor dicho. Allí están, como siempre, Antonio, Ángel, Reina, José Manuel, Luis, Angelillo, María, Santi y, al frente del timón digital, Juan Lucena. Y un invitado de excepción: Curro. Todos ellos, profesionales sin parangón, convierten la hostelería en una experiencia y hacen de tirar la Cruzcampo con maestría todo un arte.
El Vizcaíno es un estado de ánimo. Un bar donde las generaciones desfilan por la barra como una ronda y a los clientes se les llama por su nombre. Tal vez por eso resulte difícil no entrar al pasar por esa puerta que contagia felicidad a propios y extraños. El abuelo con el nieto, el grupo de chavales o el famoso que busca zambullirse en el anonimato. Todos ellos son iguales en el Vizcaíno. A cualquier hora, solo o en compañía, ya sea para disfrutar de una tarde entre amigos o para tener una cita con uno mismo, uno siempre encontrará una sonrisa cómplice al otro lado de esa barra salpicada de tiza y recuerdos.
El 1 de marzo de 1936, el abuelo de Juan Vizcaíno abrió las puertas de esta taberna que ya sopla noventa velas. Eran tiempos duros. Sonaban tambores de guerra, pero reconforta pensar que incluso en un año tan oscuro hubo quien firmó un capítulo luminoso para la Historia.
Casa Vizcaíno es el reducto temporal de una época y una ciudad. Aunque pasen los años, las franquicias inunden las esquinas y las ordenanzas municipales pongan trabas a nuestra forma de vivir, aquí siempre habrá una válvula de escape hacia esa extraña dimensión en la que la esencia de Sevilla sigue latiendo como el primer día.