Hay ciudades que tienen derbis y clásicos que enfrentan a ciudades. Pero sólo Sevilla congrega la dualidad de dos formas diferentes de amar, sufrir y soñar, de la guasa ponzoñosa, la cara larga un lunes por la mañana o esa alegría que ameniza una caminata nocturna desde el estadio.
El derbi se mama desde el colegio. A veces, incluso antes. Porque esa camiseta roja o verdiblanca marcará nuestro porvenir futbolístico y sentimental. Una elección que nos condicionará las primeras alegrías y decepciones. Amistades y hábitos que variarán en lo que se tarda en escoger esa pastilla que lo cambiará todo.
Es un maniqueísmo local, sano y cruel, carente de solemnidad y lleno de verdad. No va de ideologías, estatus ni rasgos identitarios, pues es la forma más transversal de meterle un gol por la escuadra a todas las convenciones sociológicas.
El día del partido se palpa una intensidad que luego desembocará en felicidad o frustración. Nada como un balón para alterar el sino de toda una ciudad. Y es que el derbi sevillano canaliza las bajas pasiones y siembra una venganza que, con suerte, germinará seis meses después.
Betis y Sevilla, Sevilla y Betis. Decantarse por las trece barras o por los Santos Patronos de la ciudad es también convivir con ese peluquero, camarero o dependiente con los que se juega el derbi todos los días del año. El vecino que te encuentras a la vuelta de la esquina, esa mirada gacha en la barra o un silencio más largo de lo normal tras pasar por la puerta pueden ser los segundos más terroríficos de todo sevillano que se precie de ello.
Más que un partido, el derbi es un escenario de lecciones. Nos enseña que en la amistad también cabe la rivalidad, que se puede jugar una prórroga en un grupo de WhatsApp o que una trinchera de colores se llama peña. Es la forma más cómoda de sudar sin jamás haber chutado un balón o ser de otro equipo en cada jornada aunque no te guste el fútbol.
El derbi va más allá de tifos, cánticos, bustos o reproches cruzados en un almuerzo entre directivas. Son nuestros recuerdos, el presente y la incertidumbre del mañana.
Una vez alguien dijo que el fútbol es más popular que el baloncesto porque no hay un Betis-Sevilla de básquet. Y quizás tenía razón.
El derbi nos demuestra siempre que las tragedias nos unen más que palos, muletas o violentos que sólo se representan a ellos mismos. Asumámoslo. El eterno rival es como nuestro hermano pequeño: sólo nosotros podemos meternos con él. Los béticos no podrían vivir sin el Sevilla y los sevillistas necesitan al Betis. Porque, aunque se consigan muchos títulos o lleguen grandes jugadores, si no hay nadie a quien refregárselo por la cara, nada de esto tiene sentido. Somos las dos caras de una moneda que gira antes del pitido inicial. Llamémosle sevillanía, fútbol o espectáculo. O una mezcla de todo ello que da como resultado el mejor derbi que hay en España.
Sevilla no es Madrid, Milán o Mánchester. Ni falta que le hace. Aquí hay menos Ligas y Copas de Europa, pero sí dos grandes aficiones que nos recuerdan cada semana que no sólo se heredan los bienes materiales, que la rivalidad le gana por goleada a la enemistad y que, tal vez por ello, el fútbol es siempre el mejor sustituto de la guerra.