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Decía H. G. Wells: «Usted no puede moverse de ninguna manera en el tiempo, no puede huir del momento presente». Recién concluido el primer cuarto del siglo XXI, ha llegado el momento de analizar la Historia con cierta perspectiva. Y todo resulta bastante familiar. El imperialismo expansionista y la ley del más fuerte parecen cotizar al alza. Si el 11-S le dio el pistoletazo de salida a Estados Unidos hacia el nuevo milenio, el 3 de enero de 2026 se abrieron las puertas de la segunda parte.

La Historia no se repite, pero sí rima. En esta secuela, las caretas se han caído. Trump y Putin han atentado contra el orden global, el consenso de posguerra y la inviolabilidad de fronteras surgidas tras la Segunda Guerra Mundial.

Las ofensivas estadounidenses en Vietnam (1965), Panamá (1989), Golfo Pérsico (1990), Kosovo (1999), Afganistán (2001) e Irak (2003), algunas sujetas al Derecho Internacional y otras no, fueron sólo el aperitivo de la invasión de Ucrania, de la operación quirúrgica contra Maduro (a menor escala, obviamente, todo hay que decirlo) y, quién sabe, si de nuevos ataques que aún estén por acontecer.

Trump no va de farol. Sus intereses nacionalistas son más que una simple bravuconada. Ya mostró sus cartas para hacerse con Groenlandia (lo que sería un órdago a Europa) o incorporar Canadá como el estado número 51 de la Unión. Anexionarse Venezuela sería una reedición un tanto sui generis de la Doctrina Monroe que llevaría a Estados Unidos a recuperar ese papel hegemónico en Hispanoamérica del que tanto gozó en el siglo XX y que contradiría la política de no intervención estadounidense y el aislacionismo que la administración Trump ha llevado por bandera.

La caída de un dictador como Nicolás Maduro es una buena noticia para la democracia. La constante vulneración de derechos humanos en Venezuela, el fraude electoral, la represión, el exilio de más de ocho millones de personas, las torturas y el terror perpetrado por el régimen chavista han sido una lacra para el pueblo venezolano. Que políticos españoles lo avalen, blanqueen o directamente lo defiendan es una puñalada a un país hermano que tardará en cicatrizar.

El chavismo le sobrevivió a Hugo Chávez. ¿Podrá seguir sin Maduro o morirá de inanición? La Historia así lo avala. A Estados Unidos se le da bien descabezar regímenes, pero hace aguas en el capítulo siguiente o directamente naufraga al imponer la democracia a golpe de urna. Afganistán e Irak les enseñaron una valiosa lección. ¿Puede una Delcy Rodríguez teledirigida desde Washington evitar un vacío de poder que lleve a una guerra civil y a un baño de sangre? La transición a la democracia superará con creces el mandato de Trump. Sólo el tiempo lo dirá.

Pero Trump no se rige por principios morales. Tampoco le importa en modo alguno la democracia en Venezuela, ni en su propio país. Según la Casa Blanca, no se contemplan elecciones a corto plazo en el país caribeño, ni tampoco darle el poder a María Corina Machado. Igual el Nobel de la Paz sembró la discordia. Si a la ecuación le sumamos poder y petróleo, los posibles escenarios que se dibujan en el horizonte venezolano quedan nublados bajo una densa capa de incertidumbre.

Y la pregunta del millón. ¿La caída de un dictador vil y abyecto justifica saltarse el Derecho Internacional? ¿Puede un país deponer a un Gobierno por motu propio o sienta eso un peligroso precedente? ¿Le abre esto la veda a otros países con pretensiones expansionistas?

¿Ha caído el orden mundial de posguerra? De ser así, en un mundo donde la Ley es papel mojado, donde las convenciones internacionales pasan a formar parte de la Historia, ¿estamos hoy más cerca de un conflicto global?