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Decía Max Weber que la característica básica del Estado es ostentar el monopolio del uso legítimo de la violencia. Un concepto que, más allá del folclore, se mantiene vigente en la actualidad, al menos en Occidente. Puede que esta definición suene anacrónica, e incluso dura, pero la alternativa es bastante menos halagüeña.

Es simple. Si cada individuo se tomase la justicia por su mano de forma sucesiva, la Ley del Talión colapsaría en un vórtice infinito. Por eso, cuando alguien se ve inmerso en una causa judicial, una serie de mecanismos legales se ponen en marcha. Derechos a la defensa, a la presunción de inocencia y a recurrir acuden al amparo de las partes. El sistema lo llama garantías procesales. No es perfecto, ninguna creación humana lo es, pero es lo menos malo que la Historia jamás haya logrado concebir.

Sin embargo, un linchamiento virtual, a su vez convertido en popular, a muchos de los cuales estamos asistiendo en los últimos tiempos, lo pone todo patas arriba. Ha ocurrido, por ejemplo, con algunos periodistas y políticos, que han visto cómo su plaza de verdugo ha sido degradada a la de víctima sin ni siquiera haberse acomodado aún en el respaldo. O con el director Carlos Vermut hace unos meses, tras un artículo publicado por un periódico de tirada nacional, que mandaba al ostracismo una más que prometedora carrera cinematográfica.

Basta con una denuncia anónima en una cuenta de Instagram o con un libelo para crear un clima de miedo y una atmósfera de desconfianza, de esas que te los puede poner de corbata. Lo malo, cuando toda la maquinaria del señalamiento comienza, es la subversión de las reglas. Me explico. De poco o nada sirven los jueces y tribunales, si los nuevos garantes de la Justicia desautorizan a las instituciones legales por medio de conceptos abstrusos como justicia patriarcal, que tal vez funcionen a la perfección en el plano ideológico pero son un tanto difusos en el práctico.

El Estado de Derecho da la posibilidad de enfrentarse a él, y hasta de ganarle. O, si pierdes, siempre tendrás la vía del recurso para disponer de una nueva oportunidad. Pero nada de eso ocurre en un linchamiento. Uno puede perder su empleo, reputación y carrera en un abrir y cerrar de ojos, sin la opción de recurrir a una instancia superior, con gran parte de la opinión pública exhibiendo tu cabeza como un trofeo de caza y seguir siendo inocente, lo seas o no. Al menos, en el plano legal, que igual es el más cercano a la verdad conocida, aunque a ojos de la sociedad seas un apestado. Al final, la opinión de los demás tiene más peso sobre nosotros de lo que nos atrevemos a confesar. La mancha de un juicio mediático poco favorecedor es más indeleble que una sentencia firme, y más en un país como el nuestro. Es como un delito que nunca prescribe. Será por la cultura, o por nuestro carácter, no lo sé, pero si ambos caminos convergen en el mismo punto, la Justicia no tiene razón de ser. Y eso es peligroso.

Lo cierto, llegados a este punto, es que nos movemos en un terreno pantanoso. Pensadlo. Si alguien es linchado de forma extrajudicial porque a la Justicia le hemos colocado una serie de adjetivos indeseables, ¿qué le impide al individuo agraviado tomar otra serie de decisiones que también se muevan en el ámbito extrajudicial y tengan consecuencias aún más indeseables? Decisiones de las que hay un difícil retorno. En fin, se podía haber solucionado de otra forma, por el bien de todos.