Cuando la sala se apaga, unas letras color pastel firman un nombre: Martin Scorsese. El que le sigue, Rodrigo Cortés, no es para menos. Las dos horas y diez minutos que le siguen lo demuestran.
Escape es una película que deja poso, que vuelve a ti una y mil veces, incluso cuando aún no la has digerido. No hay luces rojas, funciones de teatro en escenarios poco recomendables, ni lugares claustrofóbicos de los que escapar, más bien todo lo contrario. Porque Escape es un oxímoron en sí mismo: es imposible huir del universo que plantea Rodrigo Cortés y, a decir verdad, tampoco hace falta. Uno se quedaría a vivir dentro de la película, que no en la cárcel, y pasearía por ese cosmos donde el sistema judicial y las leyes de la termodinámica se sueltan la mano, estallan en añicos y revelan el secreto del mecanismo que los rige. Uno amaría, odiaría, empatizaría, golpearía y abrazaría a N (o M, ¿o era H?), interpretado por un excelso Mario Casas, roto, estropeado, que revuelve tantas cosas por dentro, y al mismo tiempo, se deslumbraría con la luz emitida por Anna Castillo.
Igual Escape no se parece mucho a las demás películas de Rodrigo Cortés, pero es la más parecida a Rodrigo Cortés. Hay cierta vocación literaria en ella, y eso se nota. Su humor contenido encola unos planos montados con una caligrafía cinematográfica que huele a tinta y que transporta a las páginas de Los años extraordinarios y Cuentos telúricos, pero sin renunciar al sello de Concursante y Buried. Sí, la del tío encerrado en el ataúd.
Rodrigo Cortés no esconde sus referentes, va de Kafka y Dumas a Capra y Berlanga; lo hace con la soltura de un trapecista y, cuando vuelve tras un cameo infinitesimal con los demás Todopoderosos, ya ha subvertido tus expectativas. La versión de Así habló Zaratustra, tan libre como la adaptación de la novela homónima de Enrique Rubio, prologa la cinta a ritmo de kalimbas, turutas, melódicas, triángulos y xilófonos comandados por el gran Víctor Reyes. Unos acordes que nos sumergirán en una dimensión poderosa e infantil, y nos empaparán hasta el tuétano. Ah, y también bailan una jota muy simpática.
Escape no te deja escapar de la butaca, te machaca con un martillo, pero sin ganas, con una fuerza que te oprime y acaricia a partes iguales. Lo mismo te hace reír a carcajadas, que te emociona, o siembra el tono de Cadena perpetua para recoger un drama carcelario ensoñado por Gila. Una peli inclasificable y, tal vez por ello, con tantas referencias que no se parece a nada conocido.
El niño que descubrió la fuerza del séptimo arte en un cine de Salamanca con las carambolas de Paul Newman y Tom Cruise ha cerrado el círculo. Y su bola nos ha golpeado a todos. Escape, de Rodrigo Cortés. No os la perdáis.