El tenso encuentro protagonizado este viernes en la Casa Blanca por Donald Trump, J. D. Vance y Volodimir Zelensky ha hecho saltar por los aires las relaciones entre Estados Unidos y Ucrania, la guerra en Europa y quién sabe si el futuro de la humanidad.
Lo que parecía un simple trámite diplomático pronto se convirtió en una jornada que propios y extraños tardarán mucho en olvidar. Los ánimos estaban caldeados, y más tras la ristra de descalificaciones gratuitas que Trump dedicó a Zelensky en las redes sociales, pero pocos sospechaban que el tono se elevaría hasta alcanzar las cotas de un desencuentro inédito televisado en directo y con tintes de encerrona, que ha puesto patas arriba todos los consensos internacionales surgidos con el orden mundial alumbrado en 1945.
Todos, y especialmente en Ucrania, anhelan el fin de la guerra, sí, pero no al precio que dicta Putin, repite Vance y ladra Trump. Bajarse los pantalones hoy equivale a otorgarle a Putin en bandeja de plata la debilidad que tanto busca y la patente de corso para volver, quizá no dentro de mucho tiempo y más envalentonado que nunca, con la firme intención de invadir las repúblicas bálticas, Moldavia, Polonia y Georgia de nuevo. Algo similar ocurrió en 1938, cuando Daladier y Chamberlain regresaron con singular regocijo a Francia y Reino Unido, agarrados al acuerdo firmado en Múnich en el que Hitler se comprometía a renunciar a sus aspiraciones expansionistas tras haberse anexionado los Sudetes de Checoslovaquia. Política de apaciguamiento se llamó entonces; lo que ocurrió un año después todos lo hemos estudiado en el instituto.
Ante los dictadores, sólo valen los programas de máximos, un The art of the Deal aplicado en el plano geopolítico. La única salida viable es la capitulación incondicional de Rusia, el abandono de Ucrania y la garantía de no volver a inmiscuirse en los libres designios de un país soberano. Eso sería lo ideal, si no fuera porque la palabra de Putin, al igual que la de Hitler en 1938, tiene el mismo valor que un papel mojado.
Para muestra, un botón. Mientras el desfile de presidentes en Estados Unidos corría en paralelo al curso de este conflicto, que dio comienzo en 2014 para reavivarse con particular dureza en 2022, Putin violaba todos los acuerdos internacionales firmados con Ucrania y la Unión Europea. Así las cosas, las bombas rusas siguen cayendo en Ucrania y una resolución satisfactoria de esta guerra cada día se antoja más como una quimera lejana que como una realidad a corto plazo. Por su parte, Trump no quiere ganar la guerra de la OTAN, sino su guerra, acercarse a Rusia para, tal vez, disuadir a China como socio preferente de Putin o, puestos a conjeturar, quién sabe si por evitar algún tipo de chantaje personal por parte de un Kremlin preparado para comprar voluntades al mejor postor. La fórmula empleada por la Casa Blanca ha sido colocar sobre la mesa la cesión de las tierras raras ucranianas, o eso parecía. La reunión se estaba desarrollando en un clima de cordial tensión, salpicada con esas peculiares dotes persuasivas de comerciante de Queens propias de Trump, quien aceptó de manos de Zelensky las fotos de los prisioneros de guerra ucranianos. Se podía incluso adivinar cierta complicidad entre ambos, pero Vance saltó a la yugular de Zelensky en el descuento, Trump corrió al auxilio de su correligionario y el presidente de Ucrania se enrocó en su postura: No habrá alto el fuego, dijo, al menos hasta tener la garantía de que Putin no volverá a atacar.
Este reality show disputado en el Despacho Oval es la prueba más fehaciente de que la vieja política ha muerto, porque ha sido asesinada por la comedia. Quién lo iba a decir. Y es que Trump y Zelensky no son tan distintos en realidad. Tras aparcar a un lado la corrección política, ambos pusieron sobre la mesa sin ambages esas cartas que un Trump disfrazado de Putin se vanagloriaba de tener a su favor, y eso cambia la composición química de la atmósfera geopolítica y revuelve el avispero internacional. Sin embargo, el líder estadounidense no contó con que le saldría un duro oponente, pues Zelensky no se amilanó ante los dardos envenenados del siniestro Vance, ni de las pertinentes preguntas de un periodista sobre su vestuario o de las insinuaciones de Trump que lo acusaban de estar jugando con la Tercera Guerra Mundial. No podemos adivinar en qué derivará este meollo protagonizado por estas dos estrellas del show business y al que la opinión pública ha asistido de forma estupefacta, pero lo cierto es que Zelensky se escabulló de ser acorralado, no permitió ser expuesto como carnaza ante los medios afines a Trump y, de paso, retrató a esta Administración republicana tan sui géneris, que será recordada por anécdotas como esta o, si se cruza el punto de no retorno y la situación escala, por perpetrar un capítulo de la Historia para la infamia.