Que el skyline de Sevilla lo coronase la Giralda durante siglos no es casualidad. Y que se haya vuelto al modelo corto de Feria, tampoco. Aquí lo del frasco pequeño lo elevamos a la enésima potencia, y funciona. Tal vez ahí, en nuestro carácter mesurado al repartir la belleza con cuentagotas, resida la esencia de Sevilla.
La procesión Magna ha dado buena prueba de ello. Como en un pulso contra las inclemencias meteorológicas que nos privaron de la pasada Madrugá, la mini Semana Santa vivida este fin de semana, bajo las luces navideñas y con los pasos desfilando junto a los puestos de castañas, ha dejado un buen sabor de boca, pues su naturaleza inédita y la falta de referencias previas han cumplido de forma general unas expectativas tímidas para algunos y ambiciosas para otros.
Porque en la Magna, como en todos los asuntos relativos a nuestra idiosincrasia, ha habido diversidad de opiniones. Considerada para muchos como el evento del año, los más puristas la han tildado de “cabalgata adelantada”, tal vez espoleados por el alargamiento que desvirtúa la Semana Santa, la inquina hacia el turismo, la relegación de Sevilla a parque de atracciones, la gentrificación que le come terreno a los negocios de toda la vida y las restricciones a ese sector hostelero tan unido a una identidad fraguada durante siglos.
Esta particular forma de ser tan genuinamente sevillana bebe de sus raíces y lucha por mantener intacto el espíritu de la ciudad, su cultura, tradiciones, bares y comercios emblemáticos, pero también, por otro lado, nos limita a una sola perspectiva, corta las alas para la exportación de la marca y dificulta la internacionalización de un producto sin parangón como Sevilla.
Los críticos a la Magna arguyen que, cuando las salidas extraordinarias no son tan extraordinarias, se convierten en ordinarias, mientras que los partidarios se lanzan ilusionados a la calle con el abrigo sustituyendo al llamador y guiados por ese espíritu que continúa vigente con el paso de las generaciones. Sea como fuere, la entrañable jornada de la Magna pasará a la historia de Sevilla, no sólo por lo inusual de la misma, sino por recordarnos a religiosos, ateos y a los enemigos de lo autóctono, el carácter aglutinador, el poder colectivo de las festividades y el buen estado de forma de la cultura hispalense. Quizás en estos tiempos, abanderados por esa minoría ruidosa que se imbuye de un desprecio clasista hacia lo popular y profesa fe irónica a la animadversión atávica a nuestras tradiciones, se impone, solemne como el Gran Poder a paso racheado, esa mayoría silenciosa que nos recuerda de dónde venimos para no extraviarnos por el camino.