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Cuentan las crónicas que Winston Churchill le dijo en cierta ocasión a Neville Chamberlain: «Os dieron a elegir entre el deshonor o la guerra. Elegisteis el deshonor y ahora tendréis la guerra». Aquella política del entonces primer ministro británico, lejos de apaciguar las ansias expansionistas de Hitler, aceleró la escalada bélica de aquella Europa turbulenta marcada por el ascenso de las dos pandemias ideológicas del siglo XX: el fascismo y el comunismo.

El acercamiento de Trump a Putin en lo referente a la guerra de Ucrania ha marcado la capitulación de Occidente ante la reedición de las nuevas Potencias del Eje lideradas por Moscú, Pekín y Teherán. Y no ya sólo por la firme intención del nuevo inquilino de la Casa Blanca de que Europa aumente su gasto militar, algo que podría parecer razonable, sino por ningunear a Ucrania, relegarlo a un papel inexistente en las negociaciones con la Rusia agresora, comprar la narrativa del Kremlin al más puro estilo de Orban e incluso culpar a Ucrania de haber provocado su propia invasión en febrero de 2022.

Dijo el presidente Trump que, en la larga conversación telefónica que mantuvo con Putin, hablaron de la larga historia común entre Rusia y Estados Unidos, de cómo dos grandes naciones están condenadas a entenderse, así como de su condición de aliados circunstanciales en la Segunda Guerra Mundial, olvidando, con deliberada amnesia, los cuarenta años posteriores de enfrentamientos subsidiarios y conflictos derivados que pusieron en jaque la seguridad del planeta.

La traición de Trump no es sólo a Ucrania, a la OTAN y a la Unión Europea, sino a Reagan, Thatcher y a la democracia liberal que Estados Unidos alumbró y se comprometió a defender. Es reabrir la herida de la Guerra Fría para otorgarle la victoria al oponente al que derrotó sin miramientos. ¿Y para qué? ¿Para caer en brazos de la China de Xi Jinping y el fracasado orden mundial al que representa? Aunque es cierto que a Trump hay que tenerlo más en cuenta por sus acciones que por su palabrería, un hipotético giro de guion con Putin o una recogida de cable de esas que pasan a la Historia no parecen el escenario más probable. Y, sí, la inoperatividad de Ursula von der Leyen y la hegemonía de una Europa cada vez más convertida en una comparsa geopolítica son una realidad palpable, pero entregar a Ucrania y, por tanto, a sus aliados al etnonacionalismo imperialista de Rusia y sus criminales consecuencias no parece la mejor idea.

La política crea extraños compañeros de cama. O, si no, que se lo digan a J. D. Vance, personaje que ha encarnado la metamorfosis de defender las barras y las estrellas con el Cuerpo de Marines de Estados Unidos en Irak y luego criticar a Trump desde posturas cercanas a los demócratas, hasta las últimas declaraciones ya como vicepresidente norteamericano el pasado viernes en Múnich, en las que arremetía contra el orden democrático occidental. Estrategia o no, el viraje liberticida de la recién inaugurada administración republicana ha sido la pata coja del Maine perpetrado contra Ucrania en la mesa de negociaciones en Riad sin Ucrania, una cumbre bilateral convertida en un desencuentro que, no por previsible, deja de alterar el equilibrio global y que, como parecía evidente, Zelenski ha decidido no aceptar.

Eso sí, Trump no engaña a nadie. Los tentáculos del proteccionismo económico y el aislacionismo autárquico de esta nueva doctrina Monroe, que tan extravagante resulta en un genio del marketing como Donald Trump, se exportarán, irónicamente y sin aranceles, hacia Europa y el frente ucraniano más pronto que tarde. Entregar más que negociar no parece una jugada propia del magnate estadounidense. Mientras, en Rusia se frotan las manos, y en el Kremlin ya brindan con la botella de vodka a gollete: que Estados Unidos revisara la Historia y les diera los laureles de ganador de la Guerra Fría más de treinta años después era algo que, por muy buen espía que fuera, Putin vio venir.