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Han pasado cuatro años. Europa sigue atravesando la situación militar más delicada desde la Segunda Guerra Mundial. La invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en 2022 ha dejado 15.000 civiles muertos y más de 41.000 heridos. Y, al igual que entonces, el conflicto no presenta visos de terminar. Al menos, a corto plazo.

Hay un dato que estremece aún más. De todas esas víctimas, hay 766 niños fallecidos de un total de 2.540 heridos. Además, el 87% de las bajas civiles se han producido en zonas bajo el control del gobierno ucraniano. Las minas y los restos explosivos han causado también 483 muertos y 1.196 heridos entre la población civil. Según un informe de ACNUR realizado en octubre de 2025, unos 5,8 millones de ucranianos se han refugiado en otros países. El 96% de ellos lo habría hecho en países europeos.

Justo después de la invasión, Biden le ofreció una salida a Zelenski, pero el presidente ucraniano prefirió mantenerse al frente del país para defender el ataque. Cuatro años después, las hostilidades de Rusia no han terminado. Al revés. Las continuas ofensivas del Kremlin contra infraestructuras energéticas, sistemas de saneamiento, medios de transporte, hospitales, escuelas y ciudades densamente pobladas han empeorado la situación y las condiciones de vida de la población civil ucraniana.

Pero el mundo ha cambiado, los conflictos mundiales se han sucedido como fichas de dominó y los informativos han movido el eje del foco. Algunos lo achacarán al curso inevitable de la actualidad y otros a los intereses políticos que marcan las agendas. Gaza, Venezuela e Irán han relegado a Ucrania a un segundo plano que sólo es rescatado para efemérides o aniversarios.

La paz es una anomalía histórica. Las siete décadas que siguieron a la derrota de la Alemania Nazi abrieron las puertas de la mejor época de la humanidad. Y algo más. Con el III Reich acabó también el fantasma que había imperado en Europa durante el siglo XX: el imperialismo. La idea de invadir otros pueblos en nombre de excusas pseudohistóricas quedó obsoleta tras la claudicación de las Potencias del Eje. Hoy eso está en cuestión. Mientras Putin se deshace en eufemismos, los asteriscos escritos en el margen de la declaración de San Francisco diluyen como un azucarillo la legalidad internacional y hacen emerger de nuevo el derecho de conquista en una nueva e imprevisible versión.

Luego llegaron los felices años de la socialdemocracia, la consolidación de la clase media y los pequeños propietarios. Al menos en Occidente. Tras el colapso de la URSS en 1991, Estados Unidos se convirtió en el hegemón geopolítico y se erigió dueño y señor de un mundo monopolar que dio muestras de tambalearse tras el 11-S. Los capítulos de Afganistán en 2001 e Irak en 2003, aunque diferentes entre sí, sembraron semillas que hoy germinan en la reedición de la ley del más fuerte.

En Occidente navegábamos a velocidad de crucero. Sin embargo, las cosas en Rusia eran algo diferentes. La transición del comunismo al capitalismo no sentó tan bien allí como en Polonia y las repúblicas bálticas. La resaca de la Guerra Fría y la poca voluntad de sus líderes de convertirse en un país moderno y no en un régimen absolutista han condenado a Rusia a ser un gigante con pies de barro. Un país con los recursos naturales necesarios para ser una potencia mundial, pero que prefirió anclarse en un sistema económico feudal y engolfarse en el expansionismo más montaraz. El Gobierno de Yeltsin fue sólo un paréntesis. Después, la llegada de Putin sepultó cualquier camino hacia lo que hubiese sido el nacimiento de una democracia inédita en Rusia.

El etnonacionalismo historicista del Kremlin concibe a Ucrania como un Estado artificial. Curioso, pues no existen los Estados naturales. Para Putin y sus adláteres, Ucrania es la génesis de la Madre Rusia: la Rus de Kiev, una federación de caudillos eslavos que luego fue conquistada por el Imperio Mongol. La coartada de Moscú se basa en los viejos mitos imperiales que sentaron los cimientos del Imperio de los Zares y, posteriormente, de la Unión Soviética. Una visión anacrónica de las relaciones internacionales que ha terminado por dividir a Ucrania en dos: por un lado, un país seducido por las democracias liberales de Occidente que tanto progreso y libertad han llevado a antiguos países del Pacto de Varsovia como Rumanía y Polonia. Por otro, una tendencia más al estilo de Bielorrusia, proclive a ocupar una posición subalterna en un imperio decadente cuya economía hace aguas. Aunque, con la guerra, esta tendencia prorrusa ha perdido adeptos.

En febrero de 2022, los tambores de guerra dieron lugar a los ecos de la metralla. Lo que Putin pensó que sería un paseo militar hacia Kiev se ha convertido en un reguero de sangre. Rusia avanza pocos kilómetros a costa de las miles de vidas de los soldados rusos. Con todo, desde Moscú, la amenaza de apretar el botón rojo se asemeja más a una medida desesperada que intenta camuflar la ineficacia de su ejército y la inoperancia de un material militar obsoleto heredado de la época soviética. Aunque la propaganda del Kremlin oculta estos datos, Putin lo sabe. Y, sabedor de que una derrota lo dejaría en una situación muy comprometida en Rusia, conduce a sus soldados a una picadora de carne.

Tras la invasión, la pelota pasó a ocupar el tejado de Occidente. Acción-reacción. La Unión Europea y la administración Biden lideraron el paquete de sanciones contra Rusia. La expulsión del Swift, la imposición de gravámenes sobre las finanzas y la ejecución de trabas internacionales para estrangular la economía rusa no tardaron en llegar. Aunque para muchos fue sólo una declaración de intenciones. Así fue, al menos, hasta la vuelta de Trump a la Casa Blanca. Sumarse a la enésima bravuconada de Putin es un gesto que sintoniza con el estilo y el talante del presidente de Estados Unidos. La alineación de Estados Unidos con Rusia parecía previsible. La encerrona a Zelenski en el Despacho Oval, no tanto.

Tal día como hoy hace cuatro años, el ejército ucraniano se enrocó en los principales focos de resistencia. Las unidades militares no dieron muestras de rendirse. Ni entonces ni ahora. El escenario dibujado por las tropas rusas era tomar la capital y formar un gobierno títere. Putin se las prometía felices. Y Kiev se desangraba entre cascotes y bombardeos. Hoy, con guerrillas y milicias urbanas, y con Putin violando todos los acuerdos de paz, el número de muertos ha aumentado de forma ostensible. Los eslavos son duros. Los flashbacks de los Balcanes dan buena cuenta de su forma de combatir. Así las cosas, la guerra se ha enquistado y el futuro parece emborronarse en una neblina de polvo, humo y muerte.

Ha pasado casi un lustro. Y Europa sigue en jaque. Suecia y Finlandia abandonaron siglos de neutralidad para sumarse a la OTAN con tal de disuadir a Putin. Ahora mismo todo pende de un hilo si Ursula von der Leyen y los dirigentes europeos no miran hacia otro lado como hicieron cuando Rusia atacó Georgia en 2008 y Crimea en 2014.

La situación bélica escala por momentos. Polonia acusó a Rusia de estar detrás del ataque a una línea ferroviaria en noviembre de 2025. La siguiente línea de acción es conocida por todos: cualquier agresión a un estado miembro de la OTAN activaría de inmediato el artículo 5 del Tratado Atlántico, lo cual nos dejaría a las puertas de un conflicto europeo de tintes bastantes desconcertantes.

La agonía de esta guerra enfila hacia un bucle que no deja ver el final. Han sido 1.462 días con sus 1.462 noches. Ha habido lugar para el honor, la lealtad y la cobardía. Palabras que nos han acompañado desde Atenas a Ucrania. Y capítulos para la infamia como las masacres de Bucha y Mariúpol. La guerra muestra al ser humano sin filtros. No hay causas, sólo nuestro lado más irracional arramblando como un elefante en una cacharrería.

Pero Putin y sus terminales mediáticos también han conseguido desenmascarar a muchos líderes autoritarios en Occidente. Tanto la extrema derecha como la extrema izquierda han cargado las tintas y las armas contra Ucrania. Orban en Hungría, Fico en Eslovaquia, el propio Trump en Estados Unidos y Podemos en España. Ambas posturas, antagónicas entre sí, encuentran puntos comunes en ese indigesto potaje ideológico compuesto por nacionalismo, anticapitalismo, socialismo, etnicismo, antiliberalismo y populismo. Tal vez sea hora de cambiar el eje derecha-izquierda por el de servidumbre-libertad.