El gran día del Betis ha llegado. Aunque digan que da igual lo que pase, en realidad, no da igual lo que pase. Ha sido un largo camino, tanto real como figurado, para llegar por fin a Breslavia, y naufragar en la orilla no figura como opción ni entre los más pesimistas.
En una final puede ocurrir de todo, Las finales no se juegan, se ganan o Del subcampeón no se acuerda nadie. Es posible que hayas oído mil veces en la última semana estas frases, tal vez algo manidas, aunque las escucharías otras tantas sin con tal de ello la gesta del Betis no cae en las brumas del olvido.
Y es que todas y cada una de ellas cobran sentido más que nunca hoy, en la gran noche del beticismo. Dicen que, aunque el Betis no existiera, aun así habría béticos, y puede que hasta sea cierto. Han sido 118 de alegrías, decepciones, guasa, locura y muchas otras cosas difíciles de explicar. El Betis son caminatas largas desde el Villamarín y una cara conocida en plaza Nueva; un alemán negro, un brasileño rubio, una sombra con sombrero, un portero que mete goles y un tanque sin balas; es una caída libre a Tercera y enamorar a un crack mundial; un niño preguntándose por qué es del Betis mientras el vecino colecciona títulos; el fichaje más caro de la historia y una cláusula de un euro con veintiún céntimos; la previa en Heliópolis, ese 6 a rebosar de bufandas verdes, nietos que descubrían en su propia piel de gallina esa pasión llamada Betis y abuelos que se emocionaban como el primer día.
La cita del Betis con la historia no empezó tras clasificarse a la final, sino mucho antes de que el árbitro diera el pitido final en el Artemio Franchi aquel jueves donde la Feria se mudó a Florencia. Sabíamos cuál era esa sensación, la habíamos visto antes en televisión u oído en la radio, aunque de lejos, pues siempre eran otros quienes la vivían en carne propia, y a nosotros se nos antojaba como una quimera lejana, como si no se nos tuviera permitido saborear las mieles del éxito. Entre medias pasaron muchas cosas: un inicio en azul, un 22-0 contra infantiles, las trece barras, una Liga, una Guerra Civil, un descenso, el Manquepierda, un tren a Utrera, el ascenso, estrenarse por todo lo alto en Nervión, Benito Villamarín presidente, bajar a Segunda, estrenar la democracia a base de penaltis y volver a descender, el Flaco, un Pichichi, un genio con las medias verdes bajadas, un mago de botas blancas, un bote de melocotones en dulce, el quejío y el quiebro en la noche, la finta y el sprint en la banda. Bajar otra vez, subir de nuevo, el portero está asustao, volver al Calderón, la Champions, un busto, dos aficiones unidas por la tragedia, salvados por un príncipe en Santander, luego a Segunda, una manita, el retorno del hijo pródigo, una pandemia, un ingeniero, un palo que no representa a nadie, una noche en la Cartuja, un ídolo de Málaga, la vuelta a Europa, un iluminado y una final en verde.
La equis verde en el calendario señala el fin de una cuenta atrás e inicia la mayoría de edad en Europa que el Betis le adeudaba a la historia y a una afición sin parangón. El nerviosismo camuflado tras varias capas de ilusión se deja ver en todos los caminos que llevan a Breslavia, ya sea en cada escala, tras una carambola de vuelos o a través de una combinación imposible de rutas internacionales por tierra, mar o aire. También desde Sevilla, en un Villamarín que se presume anegado, en un bar de barrio donde compartir los nervios con los amigos o en un sofá para acomodar la incertidumbre. Da igual como sea, el Betis, una vez más, no caminará solo. Fue largo, sí, pero hasta aquí hemos llegado, dispuestos a examinarnos con matrícula de honor, en volandas hacia la gloria, espoleados por nuestra historia y listos para meterles un golazo por la escuadra a los fantasmas del pasado. ¿Y tú me preguntas si 118 años valieron la pena?