El estadio Ramón Sánchez-Pizjuán de Sevilla fue testigo de uno de los partidos más legendarios de la historia de la Copa del Mundo. Pero antes, pongámonos en contexto: en 1982, Francia no era ni de lejos una selección ganadora. Los malos resultados obtenidos en el Mundial de Argentina 1978 evidenciaron el declive generacional que les Bleus arrastraban tras la etapa de Raymond Kopa, Just Fontaine y Roger Piantoni en los cincuenta. El fútbol francés estaba acomplejado con respecto a las grandes selecciones de aquel entonces como eran la Alemania de Franz Beckenbauer, Holanda con Johan Cruyff y la Argentina de Mario Kempes. El seleccionador Michel Hidalgo, viejo mito del fútbol francés, convocó para el Mundial 1978 a los jóvenes Six, Bossis, Battiston y un tal Platini. Aunque Francia no superó un grupo complicado ante Argentina, Italia y Hungría, dio buenas sensaciones.
Francia llegaba al Mundial de España 1982 tras muchos años grises, pero con hambre de títulos. Y más que un sendero de rosas, la travesía se convirtió en una retahíla de hechos bizarros para los franceses: Michel Platini arrastró problemas en el pie durante todo el campeonato, la esposa de Platini le fue infiel con Jean François Larios y el jeque de Kuwait bajó al campo para anular un gol de los galos, con el visto bueno del árbitro. Pero eso era sólo el aperitivo.
El escenario de la semifinal entre Francia y Alemania Federal fue el estadio Ramón Sánchez-Pizjuán de Sevilla, donde setenta mil gargantas gritaron bajo unos apacibles cuarenta grados a la sombra. Durante el Mundial se extendieron rumores de tongo por parte de los alemanes tras los controvertidos partidos ante Austria y Argelia, antes de derrotar a España y empatar con Inglaterra. Por su parte, la selección gala accedió a semis tras vencer a Inglaterra, derrotar a Kuwait y empatar contra Checoslovaquia. En general, la emoción en el fútbol se concentra en momentos concretos pero en este encuentro la tuvo desde el primer minuto hasta la tanda de penaltis. Uno de los partidos más emocionantes de la historia donde tuvo lugar uno de los hechos más salvajes que se hayan visto en una Copa del Mundo.

Era un choque entre dos escuelas con concepciones antagónicas de interpretar el fútbol. Aquella Francia era un equipo menos robusto, con gusto por jugar el balón y no tan maduro como en la Eurocopa de 1984 que ganarían dos años después. Alemania se erigía como un bloque sólido, compacto y con atacantes de gran pegada; Francia suplía la inexperiencia con la elegancia de Tiganá, Trésor, Giresse y Platini como ejes del equipo.
Una vez comenzado el encuentro, el acoso del delantero alemán Pierre Littbarski a la portería de Jean-Luc Ettori fue constante y puso en apuros a Francia en repetidas ocasiones. De hecho, el ariete teutón estrenó el marcador con una potente volea desde veinticinco metros tras un disparo. Alemania se apoderó del partido y los galos presionaron para recuperar la posesión, con la efervescente magia de Platini como pieza clave en su juego. Los franceses no se mostraron apabullados y asediaron la meta de Schumacher, comandada en defensa por Uli Stilike. Luego, Alain Giresse bombeó una falta al área que acabaría con penalti de Forster a Rocheteau. Platini no falló desde los once metros. Empate a uno y vuelta a empezar.
Los espectadores del Sánchez-Pizjuán se fueron al descanso sin vaticinar lo que ocurriría en la segunda parte. En el minuto cincuenta y dos, ingresó en el terreno de juego el centrocampista francés Patrick Battiston para darle robustez y fuerza física a la medular. Ignorante de ello, sería víctima de una de las agresiones más crueles que se recuerdan. Diez minutos después, un balón en profundidad de Michel Platini encontró destino en Battiston. El balón servido hacia el centro se alargó demasiado y, cuando Battiston realizó el desmarque de ruptura para plantarse frente a Schumacher, éste saltó al cruce y le golpeó frontalmente con la cadera. El francés cayó desplomado al suelo. Su diagnóstico: conmoción cerebral, una vértebra fracturada y dos dientes rotos. El árbitro holandés Charles Corver ni siquiera pitó la falta.

Todos estaban consternados. Los servicios sanitarios del feudo sevillista atendieron con premura a Patrick Battiston, que yacía inconsciente en el suelo. Víctima del miedo, Schumacher se dedicó a realizar ejercicios de calentamiento y a darle pataditas al balón, sólo en su portería y sin preocuparse por la salud del galo. Aquella actitud encolerizó a los franceses que emitían sonoros pitidos desde la grada cada vez que el guardameta alemán tocaba la pelota. Battiston fue trasladado inmediatamente al Hospital Virgen del Rocío de la capital hispalense, con el estupor de todos y sin conocer su estado de salud.
Ante la incredulidad del mundo entero y en especial de Michel Hidalgo, se reanudó el partido como si nada hubiese ocurrido. Todo siguió su cauce con aparente normalidad, pero el ritmo se elevó conforme se llegaba a la prórroga. Francia se lanzó con garras a la portería alemana y Manuel Amoros estrelló un balón en el poste, acciones que fueron respondidas por Forster y Breitner. El tiempo reglamentario llegó a su fin y la prórroga acechaba en el horizonte. Marius Tresor rompió el empate por medio de una volea a doce metros. Ante dicha situación, el seleccionador alemán Jupp Derwall sustituyó a Hans-Peter Briegel por el talentoso delantero Karl-Heinz Rummenigge. Sin embargo, la sentencia llegaba tras el gran gol de Alain Giresse desde fuera del área, que colocaba el 3-1 en el marcador. Alemania se desmoronaba.
O lo parecía, pues en el fútbol sólo el cronómetro decide el resultado. Rummenigge recortó distancias por medio de un complejo remate, tras un gol anulado de Klaus Fischer. Nada estaba decidido. Fischer logró la igualada nuevamente con un antológico gol de tijereta. Empate a tres. Parecía imposible pero Alemania había condicionado los penaltis, para los cuales se encontraban más preparados psicológicamente que los franceses. De hecho, Alain Giresse confesaría en una entrevista realizada años después: El problema fue seguir jugando al fútbol, fuimos víctimas de nuestro propio juego.

Gigi Giresse anotó el primer lanzamiento con tranquilidad. Manfred Kaltz, capitán alemán, empataba la tanda. Amoros marcaría sin problemas, Breitner lo haría para la Mannschaft y Dominique Rocheteau también cumpliría desde los once metros. Uli Stilike pensaba tirar su lanzamiento hacia la izquierda del portero, pero cambió de decisión al final y Ettori detuvo el disparo. Stilike rompió a llorar. 3-2 para Francia. Schumacher le paró el penalti a Didier Six; llegarían los turnos de Littbarski, Platini y Rummenigge que depositaron el balón en el fondo de las mallas. El último disparo lo decidiría Horsch Hrubesch, jugador con poca experiencia en estas acciones y especializado en el juego aéreo. Tras varios segundos dramáticos, ejecutó un perfecto penalti y Alemania era finalista del Mundial 1982.
Abatidos y extenuados, los franceses lloraban desconsoladamente en el césped del Sánchez-Pizjuán. Al mismo tiempo, los alemanes celebraban haberse clasificado para la cuarta final de un Mundial en su historia. A Francia siempre le pesó esa dolorosa derrota que le costó mucho superar. Sería la primera vez en la historia que una selección se clasificaba para la final de un Mundial tras una tanda de penaltis. La acción de Battiston y Schumacher fue el punto de inflexión del partido: si hubieran expulsado al guardameta alemán, la historia podría haber sido distinta, pues el portero suplente Elke Immel no contaba con los reflejos de Schumacher que fue crucial en el triunfo germano. Héroe y villano en Sevilla.
Alemania jugaría la final del Mundial de España 1982 ante la Italia de Paolo Rossi, Alessandro Altobelli y Dino Zoff en el Santiago Bernabéu, en la que serían ampliamente derrotados a manos de la Azurra por 3-1. Francia sabría digerir la victoria y se erigió como una de las grandes selecciones de los ochenta con su célebre Carré Magique. Los de Michel Hidalgo se proclamaron campeones de la Eurocopa de 1984 con un equipo mucho más compacto, un imparable Platini y un esquema táctico erigido en torno a Giresse, Tigana, Platini y Luis Fernández.

La clase champagne, inteligencia y técnica de Francia no encontró recompensa en aquel Campeonato del Mundo. Los galos se dieron de bruces con el riguroso juego alemán y un intenso despliegue físico. Sin embargo, la historia entre los dos protagonistas de la noche no termina aquí. De Schumacher se sabe que días después fue a visitar a Battiston al hospital con un ramo de flores para pedirle, así, disculpas por lo sucedido aquella calurosa noche sevillana. El jugador francés se recuperaría satisfactoriamente de sus dolencias.
La anécdota curiosa tuvo lugar veintiséis años después. El 4 de marzo de 2008, el Sevilla FC y el Fenerbahçe se enfrentaban en el partido de vuelta de la Champions League en el Sánchez-Pizjuán, un partido que también se decidiría en la tanda de penaltis. José María del Nido le entregó a Michel Platini, entonces presidentes del Sevilla y la UEFA respectivamente, un nostálgico regalo: la camiseta que llevó Patrick Battiston en aquel inolvidable partido.
Al parecer, Battiston se la regaló como agradecimiento al doctor Rogelio Arias, quien le dijo al recuperar el conocimiento: Te vas a poner bien. Por cierto, llevas una gran camiseta. Era lo único que el jugador francés recordaba tras el partido. El médico la guardó durante años hasta donarla al equipo de sus amores, el Sevilla FC. Luego Del nido se la regaló a Platini en la visita de este por el partido de Champions, quien recibió aquella camiseta repleta de recuerdos. El diez francés la guardó dos años hasta que se la regaló al hijo de Battiston, ahijado suyo. Una mañana, uno de mis dos hijos recibió un paquete grande. Estábamos un poco intrigados, pero nos quedamos anonadados cuando lo abrimos. Yo pensé que ya no existiría, nunca pensé que alguien la habría guardado, recuerda el exfutbolista. Así es Sevilla, tierra de fútbol, donde el principio y el final son las dos caras de una misma moneda.
