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asocaicion española de fundaciones

Dicen que las desgracias unen, pero en España esa frase se llena de asteriscos cada cierto tiempo, pues la tragedia ocurrida en Valencia con las lluvias torrenciales provocadas por la Dana más bien han demostrado lo contrario.

Mientras los muertos se cuentan por decenas y muchos aún buscan a sus seres queridos, los políticos hacen alarde de vivir en una realidad paralela, una en la que la mayor catástrofe natural ocurrida en España en las últimas décadas pasa a ser moneda de cambio o, en el mejor de los casos, arma arrojadiza que lanzar al adversario.

Las alimañas salen de la madriguera para adaptarse al medio cuando la naturaleza lanza los dados y pone los cadáveres sobre la mesa. Que sobrevivan, e incluso medren, tras un desastre debería darnos una pista de la clase de carroña que compone su dieta. Son como una cucaracha tras un apocalipsis nuclear o como las ratas que abandonan el barco al mínimo atisbo de inclinación, pero con la conciencia más corta y las manos más anchas. No nos sorprende, a decir verdad, y eso debería indicarnos por dónde van los tiros. Las desgracias sólo son útiles si se adaptan a la pedrada ideológica de quien las politiza: cambio climático, el malvado neoliberalismo destruyepresas o el siempre indulgente No se podía saber.

Porque la nueva política no entiende de humanidad, ni la ha olido. Ya ni lo camuflan de postureo, decoro o de un compungido deeply concerned. No. Van a calzón quitado. Y lo hacen a sabiendas de que la indignación que provocarán sus actos, o ausencia de actos, será olvidada con el siguiente escándalo, real o no. El español tiene poca memoria, y son conscientes de ello, pero van a tener que comprar muchas voluntades para que la falta de empatía demostrada en esta triste jornada caiga en el pozo del olvido. Creo que con un sueldo del consejo de administración de RTVE todo es más fácil.

Tampoco faltan las bandas de oportunistas, demagogos y sicarios mediáticos que hacen alarde en las redes sociales de su miseria moral. Es fácil identificarlos: llevan en su perfil banderas de países gobernados por regímenes incompatibles con sus consignas, desprenden un tufo intelectualoide que eleva la vergüenza ajena a la enésima potencia y hacen de la opinología una nueva disciplina olímpica. Son la cantera del Congreso, aprendices de nada. Lo mejor para apuntalar una meteórica carrera política.

El ambiente se vuelve opresivo y poco respirable cuando los políticos meten sus sucias manos en la vida civil. Lo hacen a diario, señalando con el dedo acusador a personas particulares y poniendo el grito en el cielo con debates estériles basados en abstracciones ideológicas y consignas de mercadillo que sólo sirven para enfrentarnos, al mismo tiempo que muestran una total ineptitud para solventar los problemas reales de verdad. Es normal, una inundación o la crecida descontrolada de un río no son tan útiles para cargar contra el adversario como la vida sexual de un político, incluso cuando este ni siquiera sea de la oposición. No los necesitamos, nos bastamos y nos sobramos nosotros mismos para arreglarnos la vida, que se enteren; más bien son ellos los que tienen que chapar el chiringuito sin nosotros. Lo saben y el día que todos lo aprendamos perderán por incomparecencia, si es que antes no lo han hecho por goleada.