El 11S es la línea divisoria que marca la frontera entre el siglo XX y el XXI. Es la caída de Roma de nuestros días, el fin del mundo que creíamos conocer y, en cierto modo, el comienzo de la historia reciente.
Aquella mañana, diecinueve terroristas secuestraron cuatro aviones comerciales para atacar el corazón de Estados Unidos. Murieron 2.996 personas, 2.606 de ellas en las Torres Gemelas.
Han pasado veinticuatro años y la vida, como siempre, continuó su curso. En ese momento no lo supimos, pero el mundo que surgió a partir de entonces poco tendría que ver ya con el anterior. Y es que el 11S no fue un ataque al uso, como el de Pearl Harbor sesenta años antes o cualquier invasión patrocinada por una potencia enemiga. No. Estábamos ante un nuevo paradigma de guerra contra un adversario que, desde desiertos remotos, extendía un radio de acción de límites un tanto difusos.
Ese día muchas certezas se derrumbaron junto a las Torres Gemelas. Fue un trauma de tales dimensiones que afectó a la seguridad en los aeropuertos, a la forma de comunicarnos e incluso a la arquitectura de los edificios. Acciones tan cotidianas como pasar un portátil por los controles de seguridad sin enseñarlo primero, los tiempos de llegada a la terminal si el avión iba a tocar suelo americano o protagonizar una romántica despedida en la puerta de embarque sufrieron un duro revés tras el 11S.
Los atentados al World Trade Center y al Pentágono fueron el final de muchas cosas y el comienzo de otras tantas. Al otro lado del Atlántico, los más pequeños almorzábamos viendo el telediario sin ser conscientes de la magnitud de lo ocurrido; otros ni siquiera habían nacido. Yo tenía nueve años y recuerdo a los míos, incrédulos frente al televisor que acabábamos de comprar, viendo las sobrecogedoras imágenes de aquellas dos gigantescas chimeneas envueltas en humo, antes de colapsar y sepultar Manhattan bajo un manto de polvo, escombros y muerte.
En un plano global, el 11S también dilapidó la confianza de los ciudadanos en las instituciones, en los servicios de inteligencia y en los gobernantes. Fue la prueba de que todo es falible y es entonces cuando estamos expuestos a la peor de las catástrofes.
Todo Estado tiene su némesis: Atenas tuvo a Esparta, Roma a Aníbal y el Imperio Español al Británico. Pero hasta aquella mañana de 2001, era simplemente impensable arrebatarle a Estados Unidos los galones de amo y señor del mundo. El tablero geopolítico era algo distinto al actual: la Unión Soviética había desaparecido diez años antes, China aún era el cachorro de un león; y Rusia, ya con Putin en el poder, atravesaba los problemas derivados de la transición del comunismo al capitalismo.
Estados Unidos tuvo miedo por primera vez en mucho tiempo y la hegemonía norteamericana quedó en entredicho, pues el mundo unipolar surgido tras la caída del Telón de Acero dio muestras de tambalearse. Fue como perder el estatus de potencia indiscutible contra unos enemigos de aspecto lejano que le ponían rostro al recién estrenado milenio. Y en una sola mañana.
Tras la reivindicación de los atentados por parte de la organización terrorista Al Qaeda, la Administración de George W. Bush emprendió su particular «guerra contra el terror» en Afganistán, con segunda parte en Irak, a la que frívolamente se suscribieron los gobiernos de Aznar y Blair. Osama Bin Laden se convirtió en el enemigo público número uno de Occidente y su imagen coparía los informativos durante la primera década de los años 2000.
El proyecto multinacional y personalísimo con el que Bush franquició, con juicioso complejo de Edipo, a España y al Reino Unido, y que fue debidamente azuzado por los idiotas y oportunistas de turno, no encontró rastro de las armas de destrucción masiva que buscaba, pero sí dejó miles de civiles muertos, un Estado fallido en Irak y una incubadora de integristas que años después alumbraría el ISIS.
El tiempo pasó, pero la herida que aquellos aviones dejaron en el seno de la sociedad estadounidense tardó en cicatrizar. Otras, las personales, nunca lo harían.
Cuando Nueva York inauguró el nuevo One World Trade Center y el memorial a las víctimas en 2014, Internet ya llevaba un tiempo instalado en nuestros bolsillos, la teoría conspiranoica moderna campaba a sus anchas y la inmediatez en el consumo de la información se afanaba en desdibujar la frontera entre noticia y fake new. En una década, la humanidad había cambiado tanto como en los veinte años anteriores. Hoy, vivimos en un mundo más seguro que en 2001, pero también más vigilado. Hemos ganado en confort, sí, pero ¿a qué precio?
Tras una pandemia que ya enfila hacia los libros de Historia, los tambores de guerra vuelven a sonar en el viejo continente con una melodía que no presenta visos de terminar a corto ni medio plazo. En el frente, Occidente y el eje Moscú-Pekín-Teherán se apuestan cada uno en sus trincheras, reales e ideológicas, recordándonos que no existe nada nuevo, sólo lo olvidado. Mientras unos viven de la constante amenaza de apretar el botón rojo, otros cuentan como arma principal la ñoña indolencia erigida en base a vacuidades sociológicas y eslóganes tan poco comprometedores como Refugees welcome o Free Palestine.
Casi un cuarto de siglo después del 11S, el experimento del multiculturalismo se ha saldado en un completo y absoluto fracaso. La idea infantil y arrogante de mezclar entre sí a grupos antagónicos con concepciones diferentes sobre los límites de la convivencia ha creado un cóctel lo bastante indigesto para que esta Europa acomodada y contemplativa sucumba ante un islamismo sin nada que perder y mucho que ganar. Y, por el camino, este proceso ha acelerado la balcanización del primer mundo, a cuya puerta ya ha llamado la Historia. No lo vimos, o no lo quisimos ver en su momento, y hoy ya es demasiado tarde.
Decía H. G. Wells: «Usted no puede moverse de ninguna manera en el tiempo, no puede huir del momento presente». No le faltaba razón. La Historia consiste en entender el presente al estudiar los hechos de un pasado. Y en ese pasado reciente, el 11S figura como el acontecimiento más importante del siglo XXI hasta la fecha, una tragedia que cambió el mundo y que también nos cambió a todos.