Comienza 2023 y, entre promesas de año nuevo que tardarán en esfumarse tanto como caigamos en la cotidianidad de los días, hay algo que permanece igual: el “cringe” al que nos tienen acostumbrados los políticos.
La última en sumarse a esta tendencia de políticos showman que nos azotan diariamente ha sido Isabel Díaz Ayuso que, como si de la última finalista de ‘La isla de las tentaciones’ se tratara, acudió al reality ‘Masterchef’ para codearse con la caterva de famosillos que, dicho sea de paso, también nos azotan diariamente.
Ser político es la profesión más aburrida que debería existir: aprobar partidas presupuestarias, asistir a plenos y articular leyes no es el sueño de cualquier niño con unos niveles aceptables de salud mental. Pero no, la política se ha generalizado hasta contaminar todos los ámbitos de la sociedad. La tenemos que sufrir en Eurovisión, el deporte y ahora hasta en la putrefacta y cada vez más decadente televisión. Algo huele a chamusquina cuando el político de turno baja al lodazal, delantal en ristre, para hacer ver que es un ciudadano cualquiera. O al menos, aparentarlo.
Hemos olvidado o quieren que olvidemos que los políticos deberían ser como un árbitro: cuanto menos se hable de ellos, mejor. Que estén, pero no mucho. O que hagan como que hacen algo y nosotros haremos como que le pagamos. Y si lo hacen sin meterse en nuestra vidas y nuestros bolsillos, le pagaremos el doble.
Da igual las siglas, colores o ideología, al final todo político estrella del rock acaba desfilando por la nueva pasarela Cibeles de la chabacanería.
Ser la política mejor valorada del panorama nacional (el listón tampoco está muy alto) dificulta ciertos reproches. Al final, cada cosa encaja en su lugar cuando ves a un político en un programa de telebasura. Qué fue de aquellos gestores que pasaban desapercibidos y sólo se acordaban de nosotros cada cuatro años. Bueno, al menos algunas cosas no han cambiado.