Quizá los más jóvenes del lugar no lo recuerden, pero había una época en que la política se dedicaba precisamente a eso, a la política. Sin estridencias ni lazos de colores, política a secas. Un mal cuyo oficio es encomendado a lo peor de cada casa, que viven de decir a los demás qué deben hacer. Si fuera una oposición, la psicopatía daría puntos.
Eran otros tiempos. Tiempos en los que, quizá no habíamos alcanzado la vanguardia del progreso como ahora: se hacían chistes, anuncios y películas sin otra necesidad distinta que la de entretener. Si aplicamos las gafas moradas con efecto retroactivo, antes éramos más machistas, homófobos y racistas. Eso está claro. Como si nuestros nietos del año 2060 se encuentran con una reliquia llamada YouTube y se sorprenden viendo a sus abuelos riéndose del Bananero y Torrente, los muy fachas. Nadie está a salvo del progreso. Vivíamos más el momento, no lo sobreanalizábamos todo. Seríamos más fachas, sí, pero también éramos más felices.
Hemos normalizado que la política esté impregnando cada vez más ámbitos de la sociedad. La canción de Eurovisión es mejor o peor en función de lo feminista que sea, las películas de verdad son la que tienen un panfleto por guion, y los chistes son buenos si ofenden a nuestro adversario, pero pobre de ti como te rías de mi colectivo (al cual yo le digo cómo y por qué se tiene que ofender). Cancelar se está convirtiendo en deporte nacional y opinar, de riesgo. Cada vez toleramos menos las ideas antagónicas, tildándolas de discurso de odio simplemente por no suscribir nuestro relato ideológico. En el peor de los casos, los debates trascienden a la esfera personal (como si tus ideas fuesen un peligro físico) hasta el punto, incluso, de distanciarse de amigos y familiares. Y nuestro Torquemada interior ya puede encenderse tranquilo un pitillo.
Toda esta panoplia de despropósitos cristaliza en el Ministerio de Igualdad. Comandado por activistas desnortadas que legislan a base de demagogia, hacen de la irresponsabilidad su seña de identidad. Eslóganes de mani escritos con Plastidecor en el BOE, con nulo sentido de Estado y una buena ración de estulticia. Hemos visto cómo desde el Estado se ha acusado de violadores a hombres inocentes, señalado a jueces, indultado a mujeres condenadas por secuestro parental y problematizado hasta al color rosa. Irene Montero y sus secuaces han perturbado el concepto de igualdad; el hedor a hembrismo y misandria supura hasta llegar a extremos tan obscenos como celebrar públicamente el asesinato de una mujer para justificar la existencia de tan sórdido Ministerio. Que hay que pagar la hipoteca y la vida está muy cara.
Martin Luther King dijo: Busco el día en que la gente no sea juzgada por su color de piel, sino por el contenido de su carácter. Y hemos llegado al absurdo de juzgar esos caracteres identitarios como el paradigma de lo cool: ¿de qué vale tu opinión si eres un heterito blanco cis, colonial, fascista y neoliberal? Se trata siempre de poner muchos adjetivos, contra más largos mejor; que la estupidez siempre se camufla mejor entre muchas letras. Que si algo puede significar muchas cosas, al final no significa nada. La cotas de delirio no tienen límites. La última desfachatez ha sido calificar de machista a los jueces por aplicar la chapuza de la ley del Sólo sí es sí, que el propio Ministerio de Igualdad ha creado. Es curioso que, aunque la mayoría de jueces sean mujeres, se refieran a ellos como jueces, en genérico masculino, y no jueces y juezas (pobres juezos, siempre invisibilizados). Ya van a calzón quitado: el lenguaje tiene que ser inclusivo cuando a ellos les conviene que sea inclusivo, aunque por el camino se trasluzca el arma de control mental y represión intelectual escondida bajo sus aparentes buenas intenciones.
La oleada de excarcelamientos a violadores (como advertí en este artículo) ha supuesto un hecho sin precedentes por el que cualquier político que no pretenda dilapidar la convivencia en su país, debería dimitir. O al menos, pedir perdón. Pero no, esa palabra no existe en su diccionario, el único donde soberbia y orgullo empiezan por la a. Y como alguien ose criticarla, comodín del machismo y fin del debate. Ya el Titanic no se puede reflotar, por muchos remiendos que al final le toque capear al Tribunal Supremo, y a cualquier persona decente sólo se le ocurriría hundirse como caballeros (esta palabra ya es vigilada por la policía de la moral). Parece fácil. Pues en lugar de ello, la secretaria de Estado, Ángela Rodríguez Pam, ha invitado a los jueces a que se formen. Sí, una quejica activista profesional diciéndole a personas que han superado una de las oposiciones más duras, que se formen, eufemismo de Vais a hacer lo que nosotras queramos, por nuestros coños morenos.
Si no nos parecía esperpéntico ver a Irene Montero en Sálvame, la última campaña del Ministerio de Igualdad ha sido señalar públicamente a Pablo Motos, al Xokas y a la afición del Betis; sin contexto ninguno, que eso es de fascistas. Para lo que han quedado los de la justicia independiente, en señalar a jueces y ciudadanos particulares desde las instituciones. Esta retórica victimista está escalando exponencialmente, aunque todavía sea sólo en Twitter; el día que permee en la sociedad pagaremos los excesos del populismo. Y en carne propia. Ya sólo queda sacar las palomitas del microondas y observar cómo la cuerda se tensa más y más, dando alas a aventureros de otro color político y relegar la tolerancia a un bonito recuerdo.