Para los jugadores del Betis, la noche de Halloween de 2001 fue, sin duda, la más terrorífica de aquel año. Cuando Benjamín Zarandona invitó a sus compañeros a su chalet de la urbanización Simón Verde, en las afueras de Sevilla, para lo que en principio parecía una apacible velada, no sabía que aquello sería la antesala de una de las fiestas más legendarias del fútbol español.
No había calabazas ni disfraces, o al menos no constan en las crónicas, pero los acontecimientos tomaron un cariz digno de una película de John Carpenter. Iba entrando la madrugada en sus horas adultas cuando algunos invitados, que ni siquiera sabían que era Halloween, vieron a Benjamín correr por la casa con la cara desencajada, y entonces entendieron que algo no iba bien. Sospechas que se confirmaron al presentarse allí nada menos que el presidente del Betis: Manuel Ruiz de Lopera.
Según contó la prensa de la época, fue hacia las dos y media de la madrugada. El timbre de la puerta sonó y los béticos, concentrados en sus quehaceres festivos, pensaron que sería un invitado despistado que se apuntaba. A partir de entonces, los minutos posteriores se sucedieron entre la confusión y la incredulidad. Luego, serían recordados para la posteridad.
Así lo contaba Benjamín, el anfitrión: Fue un lleno absoluto, se nos fue de las manos y llegaron a venir unas cien personas —Joaquín la cifra en doscientas—. Acompañé a una chica afuera y fui a ver cómo estaba la cosa, cuando vi un coche que me resultaba familiar, me acerqué con disimulo y salió Lopera. En ese momento me volví blanco. Al salir del vehículo, la voz atiplada del presidente le zarandeó con un: Buenas noches, Benjamín.
Al ser informado de la celebración, Lopera sacó de la cama al entonces entrenador, Juande Ramos, al gerente y al director deportivo. Cuando el mandamás verdiblanco entró en el chalet, los allí presentes creían que Lopera era un invitado más, e incluso se hicieron fotos con él. Mientras el pánico se desataba entre los futbolistas béticos, estos se escondían tras las cortinas al paso de la comitiva loperística, saltaban los muros y cerraban las puertas. Tanto fue así que Denilson estuvo a punto de saltar por un balcón que daba al patio.
Lopera desalojó la casa y reunió a la plantilla para pasarles lista uno por uno, abroncándoles con un correctivo al más puro estilo del sargento Foley en Oficial y Caballero. Tras ver el panorama, el de la calle Jabugo le dijo a Juande Ramos: Aquí están tus jugadores, mira lo profesionales que son. Cuando llegó el turno de Joaquín, le soltó: Hombre, si está aquí el Joaquinito, el de la cantera. Muy rápido aprendes tú. ¿A ti también te gusta la fiesta? Pues mañana rescindo contrato y te vas a ir en autobús a tu nuevo equipo, en Tercera División. Joaquín se puso tan blanco que no le hizo falta ni pintarse la cara.
Dado que la celebración se concentró en la primera planta de la residencia, la imagen del presidente ascendiendo por las escaleras de caracol es recordada por los jugadores como si de una divinidad se tratara, con aureola incluida, y con la mano en la estampita del Cristo del Gran Poder que siempre llevaba en el bolsillo interior de la americana. Después, emprendió un rapapolvo con cada uno de ellos: Benjamín, ahora entiendo tu bajo rendimiento; el famoso No me lo esperaba de usted, a Capi; o el Creo que tu contrato de imagen se va a complicar, como le espetó a un cariacontecido Denilson. A un jugador cuyo nombre nunca trascendió, le soltó: Mira, Juande, este es el tripulante del barco, que quiere que lo renueve. Se cuenta que el futbolista aludido empezó a llorar y dijo: Para un día que salgo de fiesta y me pillan.
Denilson, aquejado de las demoras económicas por parte del club, prefería saltar por la ventana antes que enfrentarse a Lopera. El presidente contaría mas tarde en una entrevista: Saltaban con una habilidad que yo dije: Juande, estos van a marcar goles de cabeza saltando cuatro metros.
Veinte años después, Joaquín bromeaba en El Hormiguero diciendo que la fiesta se les fue tanto de las manos que, en los días previos, incluso llegó a verla anunciada en un semáforo.
A decir verdad, no era la única vez que los jugadores del Betis se lo pasaban tan bien. De hecho, años antes el presidente bético encolerizó y etiquetó de borrachos a sus jugadores, al enterarse de una juerga organizada en un hotel madrileño tras un encuentro frente al Real Madrid y en la que incluso desfilaron chicas desnudas.
El club no tomó medidas disciplinarias muy severas, aunque Juande Ramos, molesto por la falta de responsabilidad de los jugadores cuarenta y ocho horas antes de un partido importante, los castigó con un entrenamiento que duró más de dos horas y media. La fiesta trascendió a una afición decepcionada ante los malos resultados deportivos que el equipo venía arrastrando. Curiosamente, tras aquella noche, el Betis encarriló una racha de seis partidos sin perder y se alzó hasta el sexto puesto en Liga. La pregunta que muchos se hicieron es: ¿Cómo se enteró Lopera de la fiesta? Aunque el presidente siempre aseguró que se lo dijo un vecino, Benjamín realizó pesquisas para averiguarlo y supo que la fuente de la filtración venía de dentro del club, aunque el nombre nunca se hizo público. En cualquier caso, aquella noche no hubo disfraces, pero sí mucho terror.